Lunes XXII Tiempo Ordinario (Impar) – Homilías

Lecturas

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

- 1ª Lectura: 1 Tes 4, 13-17: A los que han muerto en Jesús, Dios los llevará con él
- Salmo: Sal 95, 1 y 3. 4-5. 11-12a. 12b-13: El Señor llega a regir la tierra
+ Evangelio: Lc 4, 16-30: Me ha enviado para dar la Buena Noticia a los pobres. Ningún profeta es bien mirado en su tierra




Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Manuel Garrido Bonaño

Año Litúrgico Patrístico

Semana XIX-XXVI del Tiempo Ordinario. , Vol. 6, Fundación Gratis Date, Pamplona, 2001

1 Tesalonicenses 4,13-17: Morir en Cristo para reinar en Cristo. Muchos están preocupados por el momento de la segunda venida de Cristo: ¿Salvación? ¿Condenación? Todos hemos de participar en la gloria de Cristo si hemos participado en su muerte y resurrección. San Juan Crisóstomo enseña:

«Afligirse en exceso por la muerte de los amigos es actuar como un hombre al que no anima la esperanza cristiana. Y, de hecho, quien no tiene fe en la resurrección y mira la muerte como un aniquilamiento total, tiene razón en llorar, lamentarse y gemir por sus gentes, aniquiladas para siempre. Pero vosotros, cristianos, que creéis en la resurrección, que vivís y morís en la esperanza, ¿por qué os lamentáis con exceso?» (Homilía sobre I Tes.).

La idea de San Pablo es que los difuntos no solo estarán en un reino maravilloso, sino que compartirán el Reino con el Señor. Cristo ha asumido la condición humilde y mortal de los hombres y a cambio de esto dará a los resucitados su gloria y la participación de su señorío. Es lo que manifiestan elocuentemente las fórmulas paulinas: «si padecemos con Él seremos con Él glorificados».

–El Salmo 95 nos ofrece temas para la reflexión espiritual con respecto a la lectura anterior: «El Señor llega a regir la tierra, cantad al Señor un cántico nuevo, cantad al Señor toda la tierra. Contad a los pueblos su gloria, sus maravillas a todas las naciones. Porque grande es el Señor, y muy digno de alabanza, más temible que todos los dioses. Pues los dioses de los gentiles son apariencia, mientras que el Señor ha hecho el cielo. Alégrese el cielo, goce la tierra, retumbe el mar y cuanto lo llena, vitoreen los campos y cuanto hay en ellos. Aclamen los árboles del bosque delante del Señor que ya llega, ya llega a regir la tierra: regirá el orbe con justicia y los pueblos con fidelidad».

Lucas 4,15-30: Evangelización de los pobres. Lectura en la sinagoga de Nazaret del pasaje de Isaías 58,6; 61,1-2. Comenta San Ambrosio:

«Ve aquí la Trinidad perfecta y coeterna. La escritura nos afirma que Jesús es Dios y hombre, perfecto en lo uno y en lo otro; también nos habla del Padre y del Espíritu Santo. Pues el Espíritu Santo nos ha sido mostrado cooperando, cuando en la apariencia corporal de una paloma descendió sobre Cristo en el momento en el que el Hijo de Dios era bautizado en el río y el Padre habló desde el cielo. ¿Qué testimonio podemos encontrar más grande que el de Él mismo, que afirma haber hablado en los profetas? El fue ungido con un óleo espiritual y una fuerza celestial, a fin de inundar la pobreza de la naturaleza humana con el tesoro eterno de su resurrección, de eliminar la cautividad del alma, iluminar la ceguera espiritual, proclamar el año del Señor, que se extiende sobre los tiempos sin fin y no conoce las jornadas del trabajo, sino que concede a los hombres frutos y descanso continuos. Él se ha entregado a todas las tareas, incluso no ha desdeñado el oficio de lector, mientras que nosotros, impíos, contemplamos su cuerpo y rehusamos creer en su divinidad que se deduce de sus milagros» (Tratado sobre el Evangelio de San Lucas lib. IV,45).

José Aldazabal

Enséñame tus Caminos

Tiempo Ordinario. Semanas X-XXI. , Vol. 5, CPL, Barcelona, 1997
pp. 12-16

1. I Tesalonicenses 4,13-17

a) El de hoy es uno de los pasajes más conocidos de la carta a los de Tesalónica, en Grecia, que empezamos a leer la semana pasada: el referente a los difuntos.

Pablo no quiere que los cristianos miren la muerte de sus seres queridos "sin esperanza", como los que no creen. Para nosotros, tanto la vida como la muerte son participación en el destino de Jesús: "si creemos que Jesús ha muerto y resucitado, del mismo modo a los que han muerto en Jesús, Dios los llevará con él". Y esto no es una reflexión que hace él, sino que es Palabra del Señor.

Aunque no sabemos bien a qué se refiere Pablo con el misterioso orden en que resucitaremos (primero los que hayan fallecido ya cuando llegue el final, y luego los que en aquel momento estén todavía vivos), lo que sí aparece claro es que el anuncio de la vuelta de Cristo como Juez, sea cuando sea, no quiere producir una sensación de terror, sino de esperanza: "el Señor llega a regir la tierra, cantad al Señor", "y así estaremos siempre con el Señor".

b) Los cristianos tenemos una experiencia de la muerte que, en cierto modo, no se diferencia de la de los demás: nos da miedo pensar en la nuestra y nos llena de dolor la de los seres queridos.

Pero tenemos un "plus" de luz que da a nuestra visión un color de esperanza: nuestra fe en Cristo Jesús y nuestra convicción de que, ya desde nuestro Bautismo, estamos vinculados a su mismo destino.

No podemos vivir en desesperanza. La muerte no es la última palabra. Dios nos tiene destinados a la vida. Aunque no sepamos tampoco nosotros explicar el misterio de la muerte, ni logremos consolarnos ni consolar a otros por una muerte prematura o injusta, la fe cristiana enciende una luz de esperanza sobre este acontecimiento y nos dice que, si morimos con Cristo, viviremos con él, y "estaremos siempre con el Señor".

Cuando participamos en la Eucaristía deberíamos recordar con frecuencia lo que nos dijo Jesús: "el que come mi Carne y bebe mi Sangre, tiene vida eterna y yo le resucitaré el último día". La Eucaristía es garantía y semilla de la vida sin fin.

2. Lucas 4,16-30

a) Vamos a leer desde hoy hasta el final del Año Cristiano, a las puertas del Adviento, al evangelista Lucas.

Empezamos con su capítulo cuarto, porque en Adviento y Navidad ya lo hicimos con los tres primeros: la anunciación, el nacimiento, la infancia de Jesús y su Bautismo en el Jordán.

Y empezamos con una escena bien significativa, programática, que se puede decir que da sentido a todo el ministerio mesiánico de Jesús: su primera predicación en la sinagoga de su pueblo Nazaret.

Una escena densa, muy bien narrada por Lucas, con una serie de detalles significativos:

- la costumbre de ir a la sinagoga todos los sábados,
- la invitación para que lea (de pie) al profeta; las lecturas de la Ley las hacían los rabinos; las de los profetas las podían hacer los laicos, como Jesús, que hubieran cumplido los treinta años;
- el pasaje de Isaías lo recuerda Lucas, porque es como el programa mesiánico de Jesús: "el Espíritu del Señor está sobre mí... me ha enviado a dar la Buena Noticia a los pobres, para dar la libertad a los oprimidos... para anunciar el año de gracia del Señor";
- el comentario es del mismo Jesús (sentado), con unas primeras palabras que son como la definición de lo que es una homilía: "hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír";
- las primeras reacciones de admiración y aprobación por parte de sus paisanos,
- que, sin embargo, quedan bloqueados en su camino de fe porque conocen demasiado a Jesús: "¿no es éste el hijo de José?";
- la queja de Jesús sobre esta falta de fe, comparada con la acogida que ha encontrado en otros pueblos; cita dos refranes o dichos de la época: "médico, cúrate a ti mismo", y "ningún profeta es bien mirado en su tierra";
- la segunda reacción, esta vez de ira, ante estas palabras, hasta el punto de querer acabar con él despeñándolo por el barranco;
- pero Jesús "se abrió paso entre ellos y se alejaba".
b) Jesús aparece desde la primera página como el Enviado de Dios, su Ungido, el lleno del Espíritu. Y aparece también como el que anuncia la salvación a los pobres, a los cautivos, a los ciegos, a los oprimidos.

Lucas va a ser para nosotros un buen maestro para que sepamos presentar a Jesús, también a nuestro mundo de hoy, como el salvador de los pobres. "Me ha ungido y me ha enviado para dar la buena noticia a los pobres". En la Plegaria Eucarística IV damos gracias a Dios Padre porque nos ha enviado a su Hijo Jesús, el cual "anunció la salvación a los pobres, la liberación a los oprimidos y a los afligidos el consuelo (la alegría)". Es un buen retrato de Jesús, que se irá desarrollando durante las próximas semanas: el que atiende a los pobres, el que quiere la alegría para todos, el que ofrece la liberación integral a los que padecen alguna clase de esclavitud. ¿Es éste también el programa de su comunidad, o sea, de nosotros? ¿se puede decir que estamos anunciando la buena noticia a los pobres? ¿y somos nosotros mismos esos pobres que se dejan alegrar por el anuncio de Jesús?

La admiración, primero, y el rechazo y la persecución, después, son ya desde el inicio la síntesis de las reacciones que Jesús va a suscitar a lo largo de su ministerio, acabando en la cruz. Y también de lo que pasará a su Iglesia a lo largo de los siglos, como muy bien se encargó de describir el mismo Lucas en su libro de los Hechos. Con la convicción de que después de la cruz viene la resurrección. Pero, mientras tanto, no nos extraña que fracasen muchos de nuestros esfuerzos, como fracasó Jesús en muchas ocasiones.

Jesús es en verdad el "año de gracia" que Dios ha preparado para la humanidad, al enviarlo -hace ahora dos mil años- como salvador y "evangelizador". Ojalá también nosotros le miremos como sus paisanos al principio: "toda la sinagoga tenía los ojos fijos en él". [...]

"Hoy se cumple esta Escritura". Es lo que pasa cada día, en nuestra escucha de las lecturas bíblicas. No se nos proclaman para que nos enteremos de lo que pasó (lo solemos saber ya), sino porque Dios quiere renovar su gracia salvadora, la del AT y la del NT, hoy y aquí para nosotros. Es lo que nuestra meditación personal y la homilía deben buscar: actualizar en nuestras vidas lo que Dios nos ha dicho en su Historia de Salvación.

"No os aflijáis como los hombres sin esperanza" (1a lectura I)
"Estaremos siempre con el Señor" (1a lectura I)
"Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír" (evangelio).


Textos Litúrgicos

Antífona de entrada
Piedad de mí, Señor; que a ti te estoy llamando todo el día,
porque tú, Señor, eres bueno y clemente,
rico en misericordia con los que te invocan.
(Sal 85, 3. 5)

Oración colecta
Dios todopoderoso, de quien procede todo bien,
siembra en nuestros corazones el amor de tu nombre,
para que haciendo más religiosa nuestra vida,
acrecientes el bien en nosotros
y con solicitud amorosa lo conserves.
Por nuestro Señor Jesucristo.

Oración sobre las ofrendas
Esta ofrenda, Señor,
nos atraiga siempre tu bendición salvadora,
para que se cumpla por tu poder
lo que celebramos en estos misterios.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Antífona de comunión
Qué bondad tan grande, Señor,
reservas para tus fieles.
(Sal 30, 20)

O bien:
Dichosos los que trabajan por la paz,
porque ellos se llamarán los hijos de Dios.
Dichosos los perseguidos por causa de la justicia,
porque de ellos es el reino de los cielos.
(Mt 5, 9-10)

Oración post-comunión
Saciados con el pan del cielo te pedimos, Señor,
que el amor con que nos alimentas
fortalezca nuestros corazones
y nos mueva a servirte en nuestros hermanos.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

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