Jn 5, 31-47: La obra del Hijo (ii) – Salvar

Texto Bíblico

31 Si yo doy testimonio de mí mismo, mi testimonio no es verdadero. 32 Hay otro que da testimonio de mí, y sé que es verdadero el testimonio que da de mí. 33 Vosotros enviasteis mensajeros a Juan, y él ha dado testimonio en favor de la verdad. 34 No es que yo dependa del testimonio de un hombre; si digo esto es para que vosotros os salvéis. 35 Juan era la lámpara que ardía y brillaba, y vosotros quisisteis gozar un instante de su luz. 36 Pero el testimonio que yo tengo es mayor que el de Juan: las obras que el Padre me ha concedido llevar a cabo, esas obras que hago dan testimonio de mí: que el Padre me ha enviado. 37 Y el Padre que me envió, él mismo ha dado testimonio de mí. Nunca habéis escuchado su voz, ni visto su rostro, 38 y su palabra no habita en vosotros, porque al que él envió no lo creéis. 39 Estudiáis las Escrituras pensando encontrar en ellas vida eterna; pues ellas están dando testimonio de mí, 40 ¡y no queréis venir a mí para tener vida! 41 No recibo gloria de los hombres; 42 además, os conozco y sé que el amor de Dios no está en vosotros. 43 Yo he venido en nombre de mi Padre, y no me recibisteis; si otro viene en nombre propio, a ese sí lo recibiréis. 44 ¿Cómo podréis creer vosotros, que aceptáis gloria unos de otros y no buscáis la gloria que viene del único Dios? 45 No penséis que yo os voy a acusar ante el Padre, hay uno que os acusa: Moisés, en quien tenéis vuestra esperanza. 46 Si creyerais a Moisés, me creeríais a mí, porque de mí escribió él. 47 Pero, si no creéis en sus escritos, ¿cómo vais a creer en mis palabras?».

Sagrada Biblia, Versión oficial de la Conferencia Episcopal Española (2012)



Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Sermón: Convertíos y seréis libres

«Vosotros mandasteis enviados donde Juan, y él dio testimonio de la verdad» (Jn 5,33)
167, CCL 248, 1025: PL 52, 636

PL

Juan Bautista enseña con palabras y obras. Verdadero maestro, que muestra con su ejemplo, lo que afirma con su lengua. La sabiduría hace al maestro, pero es la conducta lo que da la autoridad... Enseñar con obras es la única regla de aquellos que quieren instruir. Enseñar con palabras es la sabiduría; pero cuando se pasa a las obras, es virtud. El verdadero conocimiento está unido a la virtud: es esta, solo esta la que es divina y no humana...

"En aquellos días, se manifiesta Juan Bautista, proclamando en el desierto de Judea:»Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos"(Mt 3,1-2). "Convertíos" ¿Por qué no dice: "Alegraos"? "Alegraos, más bien, porque las realidades humanas dan paso a las divinas, las terrestres a las celestes, las temporales a las eternas, el mal al bien, la incertidumbre a la seguridad, la tristeza a la felicidad, las realidades perecederas a aquellas que permanecen para siempre. El reino de los cielos está cerca. Convertíos".

Que tu conducta de conversión sea evidente. Tú que has preferido lo humano a lo divino, que has querido ser esclavo del mundo, en vez de vencer al mundo con el Señor del mundo, conviértete. Tú que has huido de la libertad que las virtudes te hubieran procurado, ya que has querido someterte al yugo del pecado, conviértete, conviértete de verdad, tú que por miedo a la Vida, estás condenado a muerte.

Buenaventura

Breviloquio: Buscar a Cristo en la Escritura

«Escrutad las Escrituras, ellas hablan de mí» (Jn 5,39)
Prólogo: Opera omnia 5, 201-202

Opera Omnia

El origen de la sagrada Escritura no hay que buscarlo en la investigación humana, sino en la revelación divina, qué procede del Padre de los astros, de quien toma nombre toda familia en el cielo y en la tierra, de quien, por su Hijo Jesucristo, se derrama sobre nosotros el Espíritu Santo, y, por el Espíritu Santo, que reparte y distribuye a cada uno sus dones como quiere, se nos da la fe, y por la fe habita Cristo en nuestros corazones.

En esto consiste el conocimiento de Jesucristo, conocimiento que es la fuente de la que dimana la firmeza y la comprensión de toda la sagrada Escritura. Por esto, es imposible penetrar en el conocimiento de las Escrituras, si no se tiene previamente infundida en sí la fe en Cristo, la cual es como la luz, la puerta y el fundamento de toda la Escritura.

En efecto, mientras vivimos en el destierro lejos del Señor, la fe es el fundamento estable, la luz directora y la puerta de entrada de toda iluminación sobrenatural; ella ha de ser la medida de la sabiduría que se nos da de lo alto, para que nadie quiera saber más de lo que conviene, sino que nos estimemos moderadamente, según la medida de la fe que Dios otorgó a cada uno.

La finalidad o fruto de la sagrada Escritura no es cosa de poca importancia, pues tiene como objeto la plenitud de la felicidad eterna. Porque la Escritura contiene palabras de vida eterna, puesto que se ha escrito no sólo para que creamos, sino también para que alcancemos la vida eterna, aquella vida en la cual veremos, amaremos y serán saciados todos nuestros deseos; y, una vez éstos saciados, entonces conoceremos verdaderamente lo que trasciende toda filosofía: el amor cristiano, y así llegaremos a la plenitud total de Cristo. En esta plenitud, de que nos habla el Apóstol, la sagrada Escritura se esfuerza por introducirnos. Esta es la finalidad, ésta es la intención que ha de guiarnos al estudiar, enseñar y escuchar la sagrada Escritura.

Y, para llegar directamente a este resultado, a través del recto camino de las Escrituras, hay que empezar por el principio, es decir, debemos acercarnos, sin otro bagaje que la fe, al Padre de los astros, doblando las rodillas de nuestro corazón, para que él, por su Hijo, en el Espíritu Santo, nos dé el verdadero conocimiento de Jesucristo y, con el conocimiento, el amor, para que así, conociéndolo y amándolo, fundamentados en la fe y arraigados en la caridad, podamos conocer lo ancho, lo largo, lo alto y lo profundo de la sagrada Escritura y, por este conocimiento, llegar al conocimiento pleno y al amor extático de la santísima Trinidad; a ello tienden los anhelos de los santos, en ello consiste la plenitud y la perfección de todo lo bueno y verdadero.

Santiago de Saroug

Homilía: Él ha venido como Luz

«Si creyerais a Moisés, me creeríais a mí, porque él escribió de mí» (Jn 5, 46)
12-13, sobre el velo de Moisés


Moisés anunció los misterios pero sin explicarlos. Él tenía dificultad de palabra y era incapaz de hablar con claridad (Ex 4,10). Esta dificultad de palabra se le mantuvo a propósito para que sus discursos siguieran siendo inexplicables. Cuando nuestro Señor vino, desató la lengua de Moisés y hoy sus palabras son distintas, ya que su lengua no tartamudea más y sus discursos son claros como el día.

“El rostro de Moisés resplandecía porque había hablado con Dios. Aaron y todos los israelitas lo vieron… y tenían miedo de acercársele… Cuando Moisés acabó de hablar, se puso un velo sobre su rostro” (Ex 34,29s). El brillo con el cual resplandecía el rostro de Moisés, era Cristo que brillaba en él; pero estaba escondido a los ojos de los hebreos; ello no lo vieron… Todo el Antiguo Testamento se nos presenta velado, como Moisés, símbolo de toda profecía. Detrás de este velo, extendido sobre los libros de los profetas, aparece Cristo, augusto juez, sentado sobre su trono de gloria…

Si Moisés se veló, ¿qué otro profeta hubiera podido descubrirse el rostro? Siguiendo su ejemplo, todos velaron sus palabras. Simultáneamente anunciaban y velaban; presentaban su mensaje y, al mismo tiempo, lo recubrían con un velo… Es porque Jesús brillaba en sus libros que un velo lo escondía a sus ojos, velo que proclama a todo el universo que las palabras de la Escritura tienen un sentido escondido…

Hasta nuestro Señor, la palabra estaba entumecida, se quedó sin explicación, y todo lo que se dijo de Él ha permanecido en la oscuridad. El misterio escondido a la fe se ocultó detrás de la tartamudez y el velo (Ex 34,33; 2 Cor 3,14), así permaneció largo tiempo hasta que llegó la hora de su proclamación para el gran día.

Moisés pidió ver al Padre (Ex 33,18). De hecho, presentía que el Hijo llegaría a este mundo al descubierto. Fue entonces cuando el Padre le mostró la otra cara de su rostro; quiso mostrárselo ya que su Hijo se manifestará bajo apariencia humana. El Eterno puso una distinción entre la cara y el reverso, para que Moisés reconociera que la tierra contemplará a su Hijo en la forma de un hombre... Este reverso que ha contemplado Moisés, es lo que le puso brillante la piel de su rostro (Ex 34,29). El esplendor del Hijo reposó sobre el conjunto de la profecía...; cuando hablaba Moisés, era Él quien hablaba por su boca, porque Él es la Palabra que inspiró todas las palabras de la profecía. Sin Él, no hay para los profetas palabra ni revelación posible, porque Él es la fuente primera de la profecía... Pero cuando llegó el Crucificado, el Esposo, la profecía desveló su rostro y expuso su voz en la Asamblea. El Hijo de la Virgen les ha levantado el velo a los hebreos; todo ha quedado manifiesto, claro y fácil de interpretar.

Nuestro Señor ha levantado este velo cuando ha explicado estos misterios al universo entero. El Hijo de Dios, con su venida, ha dejado al descubierto el rostro de Moisés velado hasta entonces, sus palabras eran ininteligibles. La nueva alianza ha venido a iluminar la antigua; el mundo puede, por fin, captar las palabras que ya nada las cubre. El Señor, nuestro Sol, se ha levantado sobre el mundo y ha iluminado a toda criatura; misterio, enigmas, por fin han sido aclarados. El velo que recubría los libros ha sido levantado y el mundo contempla al Hijo de Dios con el rostro descubierto.

Afraates

Disertación: Paralelismo Moisés-Jesús

«Si creyerais en Moisés, creeríais también en mí» (Jn 5,46)
n. 21


Moisés ha sido perseguido, y Jesús también ha sido perseguido. Se le escondió después de su nacimiento para que no lo mataran sus perseguidores; a Jesús se le hizo huir a Egipto después de su nacimiento a fin de que no lo matara Herodes, su perseguidor. Cuando nació Moisés, a los recién nacidos se les ahogaba en el río: cuando nació Jesús, se mató a los niños pequeños de Belén y sus alrededores. Dios dijo a Moisés: «Ya han muerto los que te querían matar» (Ex 4,19), y el ángel dijo a José en Egipto: «Levántate, coge al niño y a su madre, y vuélvete a Israel, porque ya han muerto los atentaban contra la vida del niño» (Mt 2,20). Moisés hizo salir a su pueblo de la servidumbre del Faraón; Jesús salvó a todos los pueblos de la servidumbre de Satán… Cuando Moisés inmoló al cordero, fueron muertos los recién nacidos de los egipcios; Jesús fue el Cordero verdadero cuando lo crucificaron… Moisés hizo bajar el maná para su pueblo; Jesús dio su cuerpo a todos los pueblos. Moisés, por el leño, suavizó las aguas amargas; Jesús, suavizo nuestra amargura siendo crucificado sobre el leño. Moisés hizo bajar la Ley para el pueblo; Jesús dio los dos Testamentos a los pueblos. Moisés venció a los amalecitas extendiendo sus manos: Jesús venció a Satán con el signo de la cruz.

Moisés hizo salir de la piedra agua para el pueblo; Jesús envió a Simón Pedro a llevar su enseñanza a todos los pueblos. Moisés se quitaba el velo de su rostro para hablar con Dios; Jesús quitó el velo que estaba sobre el rostro de los pueblos, para que pudieran escuchar y recibir su enseñanza (2C 3,16). Moisés impuso su mano a los ancianos y recibieron el sacerdocio; Jesús impuso la mano a los apóstoles y recibieron el Espíritu Santo. Moisés subió a la montaña y allí murió; Jesús subió a los cielos y se sentó a la derecha de su Padre.

Odilón

Sermón: Mira, yo envío mi mensajero delante de ti

«Juan era la lámpara que ardía y brillaba, y vosotros quisisteis gozar un instante de su luz» (Jn 5,35)
Sermón 10, sobre San Juan Bautista. PL 142, 1019-1020

PL

Para repeler y ahuyentar las densísimas y negras tinieblas de la ignorancia y de la muerte, que el autor de las tinieblas había introducido en el mundo, tuvo que venir la luz que ilumina a todo el mundo. Ahora bien: era natural que a esta inefable y eterna luz le precediera un sinnúmero de antorchas temporales y humanas. Me estoy refiriendo a los patriarcas de la antigua alianza. Iluminados y adoctrinados con su virtud, su ejemplaridad y su enseñanza, los pueblos fieles —disipada la calígine de la inveterada ceguera— fueron capaces de conocer si no en su totalidad, sí al menos en parte, aquella gran luz que se avecinaba.

Fueron, pues, antorchas: pero antorchas sin luz propia ni recibida de otra fuente, sino derivada de aquella suprema luz que los iluminaba. Es decir, que fueron amantes de los preceptos celestiales: unos antes de la ley, otros bajo la ley y otros finalmente bajo los jueces, los reyes y los profetas; pregoneros de los misterios del nacimiento del Señor, de su pasión, resurrección y ascensión. Tras ellos, apareció fulgurante Juan, el Precursor del Señor, quien con meridiana claridad, expuso públicamente las predicciones de todos los patriarcas y los vaticinios de los profetas.

Este hombre santo no sólo fue justo, sino que nació de padres justos. Justo en la predicación, justo en toda su conducta, justo en el martirio. El arcángel Gabriel anunció su nacimiento, su justicia, su santidad y toda su intachable conducta; y la narración evangélica trazó ampliamente su retrato. No hay palabras de humana sabiduría capaces de expresar los dones de santidad y de gracia celestial de que el Precursor del Señor fue enriquecido; pero no debemos silenciar lo que de él y a él se le dijo.

¿Pero qué puede añadir a un hombre tan grande la palabra de un pobre hombre? ¿Qué podrá decir en su elogio la pequeñez humana, cuando habla de él nada menos que la suma e inefable Trinidad? Habla de él Dios Padre en un salmo, habla también en el evangelio. En el salmo: Enciendo una lámpara para mi ungido. De él escribe el santo evangelista: Él era la lámpara que ardía y brillaba. En el evangelio se le dice: Aquel sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ése es el que ha de bautizar.

Algunos testimonios que el Espíritu Santo enuncia a través de Isaías y Jeremías aludiendo primariamente a la persona del Salvador, pueden ser convenientemente atribuidos, según el magisterio celeste y el sentido católico, a la persona de su Precursor.

De él dio testimonio mucho más claramente el Espíritu Santo del que estuvo repleto desde el vientre materno: a la llegada de la Madre del Señor —como nos cuenta el evangelio—, saltó milagrosamente de alegría, no por instinto natural, sino al impulso de la gracia.

El mismo Señor Jesús, de quien Juan dio testimonio diciendo: Este es el cordero de Dios, éste es el que quita el pecado del mundo, durante su vida pública afirmó de él: No ha nacido de mujer uno más grande que Juan el Bautista; al decir que es el más grande de los nacidos de mujer, insinuó que estaba exento del vicio de ligereza y de amor a los placeres; afirmó que era un profeta y un super-profeta; y aquel a quien él, con el poder de su divinidad, adornó con tal cúmulo de privilegios en virtud y gracia, que superó los méritos de todos los mortales, es llamado por Dios mensajero y fue enviado delante de él a preparar los caminos de la salvación, tal como el Señor nos lo enseñó aduciendo un oráculo del profeta Malaquías.

Guerrico de Igny

Sermón: Conocer la verdadera Luz

«Juan ha dado testimonio de la verdad, era la lámpara que ardía y brillaba» (cf. Jn 5,35)
II, 2, sobre san Juan Bautista


Esta lámpara destinada a iluminar al mundo me da un gozo nuevo, porque es gracias a ella que he reconocido la verdadera Luz que brilla en las tinieblas, pero que las tinieblas no han recibido (Jn 1,5)... Podemos admirarte a ti, Juan, el más grande de todos los santos; pero imitar tu santidad nos es imposible. Puesto que te apresuras a preparar un pueblo perfecto para el Señor con unos publicanos y unos pecadores, es urgente que les hables de una manera más a su alcance que no sea tu vida. Proponles un modelo de perfección que sea, no según tu manera de vivir, sino adaptada a la debilidad de las fuerzas humanas.

«Producid, dice él, los frutos que pide la conversión» (Mt 3,8). Pero nosotros, hermanos, nos gloriamos de hablar mejor de lo que vivimos. Juan, cuya vida es más sublime de lo que los hombres pueden comprender, pone sus palabras al alcance de su inteligencia: «¡Dad, dice, los frutos que pide la conversión!» Os hablo de manera humana a causa de la debilidad de la carne. Si todavía no podéis practicar el bien plenamente, que por lo menos tengamos un verdadero arrepentimiento de lo que está mal. Si no podéis aún dar frutos de una perfecta justicia, que por lo menos vuestra perfección sea dar los frutos que pide la conversión.

Cirilo de Alejandría

Sobre el Evangelio de san Juan: Se hizo débil y pequeño por nosotros

«Si creyerais a Moisés, me creeríais a mí, porque él escribió de mí» (Jn 5, 46)
III, 3


Moisés dijo: "El Señor nuestro Dios suscitará, de en medio de su hermanos, un profeta como yo" (Dt 18,15). Moisés mismo explica... lo que acaba de anunciar: "Precisamente es esto lo que pediste al Señor a tu Dios en el monte el Sinaí, el día de la asamblea, cuando dijiste: ' no escucharemos más la voz del Señor nuestro Dios y no miraremos más este gran fuego: para no morir'" (v. 16).

Moisés afirma con fuerza que le ha sido asignado un papel de mediador, ya que la asamblea de los judíos, era incapaz de contemplar realidades que lo sobrepasaban: visión de un Dios extraordinario y terrorífico para los ojos, sonidos de trompetas fuertes e intolerables para sus oídos (Ex 19,16). El pueblo tenía pues la prudencia de renunciar a lo que excedía sus fuerzas, y la mediación de Moisés remediaba la imperfección de los hombres de su generación: fue encargado de transmitir al pueblo reunido los mandos divinos.

Pero si procuras descubrir bajo este símbolo la realidad prefigurada, comprenderás que se refería a Cristo, "Mediador entre Dios y los hombres" (1Tm 2,5): es él quien con su voz humana, voz recibida cuando nació para nosotros de una mujer, transmite a los corazones dóciles la voluntad inefable de Dios Padre, el único a conocer como Hijo de Dios y Sabiduría de Dios, "escudriñándolo todo, hasta las profundidades de Dios" (1Co 2,10).

No podíamos alcanzar con nuestros ojos de carne la gloria inexplicable, pura y desnuda, del que está más allá de todo - "el hombre no podrá ver mi rostro, dice Dios, y quedar con vida" (Ex 33,20). Entonces el Verbo, el Hijo único de Dios, debía conformarse a nuestra debilidad revistiéndose de un cuerpo humano... según el designio redentor, para revelarnos la voluntad de Dios Padre, como él mismo decía: "Todo lo que he aprendido de mi Padre, os lo he dado a conocer" (Jn 15,15), y todavía: "El Padre que me envió es quien me ha ordenado lo que he de decir y cómo he de hablar" (Jn 12,49).

Efrén de Siria

Diatessaron: No hagas pobre la Palabra de Dios

«Estudiáis apasionadamente las Escrituras, pensando encontrar en ellas la vida eterna, pues bien, las Escrituras hablan de mí» (Jn 5,39)
I 18-19: SC 121, 52-53

SC

La palabra de Dios es un árbol de vida que por todas partes te ofrece sus frutos benditos. Es como una roca abierta en el desierto donde mana para todo hombre, en todas partes, una bebida espiritual. «Todos comieron del mismo alimento espiritual y todos bebieron la misma bebida espiritual.» (1Cor 10,3)

A quien es dado participar en estas riquezas no se crea que la palabra de Dios sólo contiene lo que él ha encontrado en ella. Más bien, que se dé cuenta de que no ha sido capaz de descubrir en ella más que una sola cosa entre muchas. Enriquecido por la palabra, no se crea que ésta ha quedad menguada. Incapaz de agotar su riqueza, que dé gracias por su grandeza. ¡Alégrate pues ha sido saciado, pero no te entristezcas porque la riqueza de la palabra te sobrepasa!

El que tiene sed se alegra de poder beber pero no se entristece por la incapacidad de agotar la fuente. Mejor que la fuente apague tu sed que tu sed apague la fuente. Si tu sed queda saciada por la fuente sin que ésta quede agotada, podrás beber de nuevo cada vez que tengas sed. Si, al contrario, apagando tu sed agotaras la fuente, tu victoria se convertiría en tu desgracia. ¡Da gracias por lo que has recibido y no murmures por lo que queda sin aprovechar! Tienes tu parte en lo que te ha aprovechado y que te has llevado contigo; pero lo que queda es asimismo también tu heredad.

Francisco

Evangelii Gaudium: Oscura mundanidad

«¿Cómo podéis creer vosotros, que aceptáis gloria unos de otros, y no buscáis la gloria que viene del único Dios?» (Jn 5,44)
n. 93.95-97


La mundanidad espiritual, que se esconde detrás de apariencias de religiosidad e incluso de amor a la Iglesia, es buscar, en lugar de la gloria del Señor, la gloria humana y el bienestar personal. Es lo que el Señor reprochaba a los fariseos: «¿Cómo es posible que creáis, vosotros que os glorificáis unos a otros y no os preocupáis por la gloria que sólo viene de Dios?» (Jn 5,44). Es un modo sutil de buscar «sus propios intereses y no los de Cristo Jesús» (Flp 2,21). Toma muchas formas, de acuerdo con el tipo de personas y con los estamentos en los que se enquista. Por estar relacionada con el cuidado de la apariencia, no siempre se conecta con pecados públicos, y por fuera todo parece correcto. Pero, si invadiera la Iglesia, «sería infinitamente más desastrosa que cualquiera otra mundanidad simplemente moral».

Esta oscura mundanidad se manifiesta en muchas actitudes aparentemente opuestas pero con la misma pretensión de «dominar el espacio de la Iglesia». En algunos hay un cuidado ostentoso de la liturgia, de la doctrina y del prestigio de la Iglesia, pero sin preocuparles que el Evangelio tenga una real inserción en el Pueblo fiel de Dios y en las necesidades concretas de la historia. Así, la vida de la Iglesia se convierte en una pieza de museo o en una posesión de pocos. En otros, la misma mundanidad espiritual se esconde detrás de una fascinación por mostrar conquistas sociales y políticas, o en una vanagloria ligada a la gestión de asuntos prácticos, o en un embeleso por las dinámicas de autoayuda y de realización autorreferencial. También puede traducirse en diversas formas de mostrarse a sí mismo en una densa vida social llena de salidas, reuniones, cenas, recepciones. O bien se despliega en un funcionalismo empresarial, cargado de estadísticas, planificaciones y evaluaciones, donde el principal beneficiario no es el Pueblo de Dios sino la Iglesia como organización. En todos los casos, no lleva el sello de Cristo encarnado, crucificado y resucitado, se encierra en grupos elitistas, no sale realmente a buscar a los perdidos ni a las inmensas multitudes sedientas de Cristo. Ya no hay fervor evangélico, sino el disfrute espurio de una autocomplacencia egocéntrica.

En este contexto, se alimenta la vanagloria de quienes se conforman con tener algún poder y prefieren ser generales de ejércitos derrotados antes que simples soldados de un escuadrón que sigue luchando. ¡Cuántas veces soñamos con planes apostólicos expansionistas, meticulosos y bien dibujados, propios de generales derrotados! Así negamos nuestra historia de Iglesia, que es gloriosa por ser historia de sacrificios, de esperanza, de lucha cotidiana, de vida deshilachada en el servicio, de constancia en el trabajo que cansa, porque todo trabajo es «sudor de nuestra frente». En cambio, nos entretenemos vanidosos hablando sobre «lo que habría que hacer» —el pecado del «habriaqueísmo»— como maestros espirituales y sabios pastorales que señalan desde afuera. Cultivamos nuestra imaginación sin límites y perdemos contacto con la realidad sufrida de nuestro pueblo fiel.

Quien ha caído en esta mundanidad mira de arriba y de lejos, rechaza la profecía de los hermanos, descalifica a quien lo cuestione, destaca constantemente los errores ajenos y se obsesiona por la apariencia. Ha replegado la referencia del corazón al horizonte cerrado de su inmanencia y sus intereses y, como consecuencia de esto, no aprende de sus pecados ni está auténticamente abierto al perdón. Es una tremenda corrupción con apariencia de bien. Hay que evitarla poniendo a la Iglesia en movimiento de salida de sí, de misión centrada en Jesucristo, de entrega a los pobres. ¡Dios nos libre de una Iglesia mundana bajo ropajes espirituales o pastorales! Esta mundanidad asfixiante se sana tomándole el gusto al aire puro del Espíritu Santo, que nos libera de estar centrados en nosotros mismos, escondidos en una apariencia religiosa vacía de Dios. ¡No nos dejemos robar el Evangelio!

Francisco de Sales

Sermón (06-12-1620): ¿Qué somos?

«¿Cómo vais a creer vosotros que recibís la gloria unos de otros y no buscáis la gloria que procede del Único?» (Jn 5,44)
IX, 403, 408, 411


Los servidores de Dios no predican y enseñan a aquellos que conducen sino para llevarlos a Dios tanto por sus palabras como por sus obras...

Cuando se os pregunte «¿Quién sois?», no os contentéis con responder como los niños en el catecismo: «Soy cristiano»; sino que debéis vivir de tal manera que pueda añadirse: he visto a un hombre que ama a Dios con todo su corazón, que guarda los mandamientos de la Ley, que frecuenta los sacramentos y demás cosas de un verdadero cristiano...

Quiero decir que no basta con llamarse cristiano si no se hacen las obras de un cristiano. Porque, en resumidas cuentas, ¿qué somos? un poco de polvo y ceniza. Digamos francamente que no somos nada, que no podemos nada ni sabemos nada.

Es una gran desgracia que, siendo lo que somos, queramos, sin embargo, aparecer y nos alzamos de puntillas para que todo el mundo nos vea. Pero ¿qué verán los que nos vean? Un poco de polvo y un cuerpo que muy pronto será reducido a la corrupción.

Es muy cierto que nuestro querido Salvador y Maestro vino para enseñar a grandes y pequeños, doctos e ignorantes, pero, sin embargo, siempre se le encontraba entre los pobres y sencillos.

¡Qué diferente es el Espíritu de Dios del mundo, para el cual no cuenta sino el brillo y las apariencias!

Juan Pablo II

Audiencia General (24-06-1987): ¿Para qué ha sido enviado Cristo?

«Yo he venido en nombre de mi Padre, y no me recibisteis» (Jn 5,43)


En todo el Nuevo Testamento hallamos expresada la verdad sobre el envío del Hijo por parte del Padre, que se concreta en la misión mesiánica de Jesucristo. En este sentido, son particularmente significativos los numerosos pasajes del Evangelio de Juan, a los que es preciso recurrir en primer lugar.

Dice Jesús hablando con los discípulos y con sus mismos adversarios: «Yo he salido y vengo de Dios, pues yo no he venido de mí mismo, antes es Él quien me ha mandado» (Jn 8, 42). «No estoy solo, sino yo y el Padre que me ha mandado» (Jn 8, 16). «Yo soy el que da testimonio de mí mismo, y el Padre, que me ha enviado, da testimonio de mí» (Jn 8, 18). «Pero el que me ha enviado es veraz, aunque vosotros no le conocéis. Yo le conozco porque procedo de Él y Él me ha enviado» (Jn 7, 28-29). «Estas obras que yo hago, dan en favor mío testimonio de que el Padre me ha enviado» (Jn 5, 36). «Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió y acabar su obra» (Jn 4, 34).

Muchas veces, como se ve en el Evangelio joánico, Jesús habla de Sí mismo ?en primera persona? como de alguien mandado por el Padre.

[...] La verdad sobre Jesucristo como Hijo enviado por el Padre para la redención del mundo, para la salvación y la liberación del hombre prisionero del pecado (y por consiguiente de las potencias de las tinieblas), constituye el contenido central de la Buena Nueva. Cristo Jesús es el «Hijo unigénito» (Jn 1, 18), que, para llevar a cabo su misión mesiánica «no reputó como botín (codiciable) el ser igual a Dios, antes se anonadó tomando la forma de siervo, haciéndose semejante a los hombres... haciéndose obediente hasta la muerte» (Flp 2, 6-8). Y en esta situación de hombre, de siervo del Señor, libremente aceptada, proclamaba: «El Padre es mayor que yo» (Jn 14, 28), y: «Yo hago siempre lo que es de su agrado» (Jn 8, 29).

Pero precisamente esta obediencia hacia el Padre, libremente aceptada, esta sumisión al Padre, en antítesis con la «desobediencia» del primer Adán, continúa siendo la expresión de la unión más profunda entre el Padre y el Hijo, reflejo de la unidad trinitaria: «Conviene que el mundo conozca que yo amo al Padre y que según el mandato que me dio el Padre, así hago» (Jn 14, 31). Más todavía, esta unión de voluntades en función de la salvación del hombre, revela definitivamente la verdad sobre Dios, en su Esencia íntima: el Amor; y al mismo tiempo revela la fuente originaria de la salvación del mundo y del hombre: la «Vida que es la luz de los hombres» (cf. Jn 1, 4).

Audiencia General (30-09-1987): El Juicio de Dios: amor y libertad

«No penséis que vaya yo a acusaros ante mi Padre» (Jn 5,45)
nn. 5-7


Sin duda Cristo es y se presenta sobre todo como Salvador. No considera su misión juzgar a los hombres según principios solamente humanos (cf. Jn 8, 15). Él es, ante todo, el que enseña el camino de la salvación y no el acusador de los culpables. «No penséis que vaya yo a acusaros ante mi Padre; hay otro que os acusará, Moisés..., pues de mí escribió él» (Jn 5, 45-46). ¿En qué consiste, pues, el juicio? Jesús responde: «El juicio consiste en que vino la luz al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas» (Jn 3, 19).

Por tanto, hay que decir que ante esta Luz que es Dios revelado en Cristo, ante tal Verdad, en cierto sentido, las mismas obras juzgan a cada uno. La voluntad de salvar al hombre por parte de Dios tiene su manifestación definitiva en la palabra y en la obra de Cristo, en todo el Evangelio hasta el misterio pascual de la cruz y de la resurrección. Se convierte, al mismo tiempo, en el fundamento más profundo, por así decir, en el criterio central del juicio sobre las obras y conciencias humanas. Sobre todo en este sentido «el Padre... ha entregado al Hijo todo el poder de juzgar» (Jn 5, 22), ofreciendo en Él a todo hombre la posibilidad de salvación.

Por desgracia, en este mismo sentido el hombre ha sido ya condenado, cuando rechaza la posibilidad que se le ofrece: «el que cree en Él no es juzgado; el que no cree, ya está juzgado» (Jn 3, 18). No creer quiere decir precisamente: rechazar la salvación ofrecida al hombre en Cristo («no creyó en el nombre del Unigénito Hijo de Dios»: ib.). Es la misma verdad a la que se alude en la profecía del anciano Simeón, que aparece en el Evangelio de Lucas cuando anunciaba que Cristo «está para caída y levantamiento de muchos en Israel» (Lc 2, 34). Lo mismo se puede decir de a alusión a la «piedra que reprobaron los edificadores» (cf. Lc 20, 17-18).

Pero es verdad de fe que «el Padre... ha entregado al Hijo todo el poder de juzgar» (Jn 5, 22). Ahora bien, si el poder divino de juzgar pertenece a Cristo, es signo de que Él —el Hijo del hombre— es verdadero Dios, porque sólo a Dios pertenece el juicio y puesto que este poder de juicio está profundamente unido a la voluntad de salvación, como nos resulta del Evangelio, este poder es una nueva revelación del Dios de la Alianza, que viene a los hombres como Emmanuel, para librarlos de la esclavitud del mal. Es la revelación cristiana del Dios que es Amor.

Queda así corregido ese modo demasiado humano de concebir el juicio de Dios, visto sólo como fría justicia, o incluso como venganza. En realidad, dicha expresión, que tiene una clara derivación bíblica, aparece como el último anillo del amor de Dios. Dios juzga porque ama y en vistas al amor. El juicio que el Padre confía a Cristo es según la medida del amor del Padre y de nuestra libertad.

Audiencia General (07-04-1999): La obra esencial del Hijo

«Las obras que el Padre me ha concedido llevar a cabo, esas obras que hago dan testimonio de mí» (Jn 5,36)
n. 4


[…] 4. Jesús, al mismo tiempo que anuncia el amor del Padre, nunca deja de recordar que se trata de un amor exigente. Este rasgo del rostro de Dios se aprecia en toda la vida de Jesús. Su «alimento» consiste en hacer la voluntad del que lo envió (cf. Jn 4, 34). Precisamente porque no busca su voluntad, sino la voluntad del Padre que lo envió al mundo, su juicio es justo (cf. Jn 5, 30). Por eso, el Padre da testimonio de él (cf. Jn 5, 37), y también las Escrituras (cf. Jn 5, 39). Sobre todo las obras que realiza en nombre del Padre garantizan que fue enviado por él (cf. Jn 5, 36; 10, 25. 37-38). Entre ellas, la más importante es la de dar su vida, como el Padre se lo ha ordenado: esta entrega es precisamente la razón por la que el Padre lo ama (cf. Jn 10, 17-18) y el signo de que él ama al Padre (cf. Jn 14, 31). Si ya la ley del Deuteronomio era camino y garantía de vida, la ley del Nuevo Testamento lo es de modo inédito y paradójico, expresándose en el mandamiento de amar a los hermanos hasta dar la vida por ellos (cf. Jn 15, 12-13).

El «mandamiento nuevo» del amor, como recuerda san Juan Crisóstomo, tiene su razón última de ser en el amor divino: «No podéis llamar padre vuestro al Dios de toda bondad, si vuestro corazón es cruel e inhumano, pues en ese caso ya no tenéis la impronta de la bondad del Padre celestial» (Hom. in illud «Angusta est porta»: PG 51, 44B). Desde esta perspectiva, hay a la vez continuidad y superación: la Ley se transforma y se profundiza como Ley del amor, la única que refleja el rostro paterno de Dios.

Benedicto XVI

Discurso (08-09-2007): Ser luz auténtica, no artificial

«Juan era la lámpara que ardía y brillaba» (Jn 5,35)
Durante las vísperas con los sacerdotes y consagrados en Mariazzell (Austria), nn. 9-10


[…] Queridos hermanos y hermanas, toda vuestra existencia debe ser, como la de san Juan Bautista, un gran reclamo vivo, que lleve a Jesucristo, el Hijo de Dios encarnado. Jesús afirmó que Juan era "una lámpara que arde y alumbra" (Jn 5, 35). También vosotros debéis ser lámparas como él. Haced que brille vuestra luz en nuestra sociedad, en la política, en el mundo de la economía, en el mundo de la cultura y de la investigación. Aunque sea una lucecita en medio de tantos fuegos artificiales, recibe su fuerza y su esplendor de la gran Estrella de la mañana, Cristo resucitado, cuya luz brilla —quiere brillar a través de nosotros— y no tendrá nunca ocaso.

Seguir a Cristo —y nosotros queremos seguirlo— significa asimilar cada vez más los sentimientos y el estilo de vida de Jesús...

Comisión Teológica Internacional

La conciencia que Jesús tenía de sí mismo y de su : Voluntad del Padre libremente aceptada

«El Padre que me envió, él mismo ha dado testimonio de mí» (Jn 5,37)
nn. 1-3


Jesús conocía el fin de su misión: anunciar el Reino de Dios y hacerlo presente en su persona, sus actos y sus palabras, para que el mundo sea reconciliado con Dios y renovado. Ha aceptado libremente la voluntad del Padre: dar su vida para la salvación de todos los hombres; se sabía enviado por el Padre para servir y para dar su vida «por la muchedumbre» (Mc 14, 24).

La conciencia que Jesús posee de su relación filial singular a «su Padre» es el fundamento y el presupuesto de su misión. A la inversa, se puede de su misión inferir su conciencia. Según los evangelios sinópticos, Jesús se sabía enviado para anunciar la buena nueva del Reino de Dios (Lc 4, 43; cf. Mt 15, 24). Para esto ha salido (Mc 1, 38 griego) y venido (cf. Mc 2, 17).

A través de su misión a favor de los hombres se puede, al mismo tiempo, descubrir a aquel, del que él es el enviado (cf. Lc 10, 16). En gestos y en palabras, Jesús ha manifestado el fin de su «venida»: llamar a los pecadores (Mc 2, 17), «buscar y salvar lo que está perdido» (Lc 19, 10), no abolir la Ley, sino llevarla a cumplimiento (Mt 5, 17), traer la espada de la decisión (Mt 10, 34), echar fuego sobre la tierra (Lc 12, 49). Jesús se sabe «venido» no para ser servido, sino para servir «y para dar su vida en rescate por la muchedumbre» (Mc 10, 45).

Esta «venida» no puede tener otro origen sino Dios. El Evangelio de san Juan lo dice claramente explicitando, en su cristología de la misión (Sendungschristologie), los testimonios más implícitos de los sinópticos sobre la conciencia que Jesús tenía de su misión incomparable: él se sabía «venido» del Padre (Jn 5, 43), «salido» de él (8, 42; 16, 28). La misión, recibida del Padre, no se le impone exteriormente, le es propia hasta el punto de coincidir con todo su ser: ella es toda su vida (6, 57), su alimento (4, 34); él no busca más que ella (5, 30), porque la voluntad de aquel que lo ha enviado, es toda su voluntad (6, 38), sus palabras son las palabras de su Padre (3, 34; 12, 49), sus obras las obras del Padre (9, 4), de manera que puede decir de sí mismo: «Quien me ha visto, ha visto al Padre» (14, 9). La conciencia que Jesús tiene de sí mismo coincide con la conciencia de su misión. Esto va mucho más lejos que la conciencia de una misión profética, recibida en un determinado momento, aunque sea «desde el seno de su madre» (Jeremías, cf. Jer 1, 5; el Bautista, cf. Lc 1, 15; Pablo, cf. Gál 1, 15). Esta misión se enraíza mucho más en una «salida» originaria de Dios («Porque he salido de Dios»: 8, 42), lo que presupone, como condición de posibilidad, que él había estado «desde el principio» con Dios (1, 1. 18).


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Uso Litúrgico de este texto (Homilías)

Tiempo de Cuaresma: Jueves IV



Catena Aurea: comentarios de los Padres de la Iglesia por versículos

Crisóstomo in Ioannem hom. 39

31-32. Como Jesucristo había anunciado cosas grandes de sí mismo y no las había demostrado, para probar lo que había dicho sigue hablando con el fin de excitar la oposición de los judíos, diciendo: “Y si yo doy testimonio de mí mismo, mi testimonio no es verdadero”. ¿Quién no se admirará cuando oiga que Jesucristo dice esto? Porque en muchas ocasiones aparece como dando testimonio de sí mismo. Y si todo esto no es verdad, ¿qué esperanza puede quedarnos de poder alcanzar la salvación? ¿En dónde encontraremos la verdad cuando la misma Verdad dice “mi testimonio no es verdadero”? Mas dijo esto: “no es verdadero”, no en cuanto a su dignidad, sino en cuanto a lo que sospechaban aquéllos a quienes se dirigía. Podían los judíos contestarle, por lo tanto: por eso no te creemos, porque ninguno que da testimonio de sí es digno de ser creído. Además, después de esta oposición les da otras contestaciones muy claras y muy terminantes, citando tres testigos de lo que había dicho: las obras que había realizado, el testimonio del Padre y la predicación de San Juan; poniendo en primer término al menor, esto es, el testimonio de San Juan. Por esto dice: “Hay otro que da testimonio de mí”, etc.

33-35. Pero según antes se entiende, pueden decirle: si no es verdadero tu testimonio, ¿cómo dices: he conocido que es verdadero el testimonio de Juan? Por tanto, para contestar a las sospechas de éstos, les responde diciendo: “Vosotros enviasteis a Juan”, etc., como si dijera: no hubiérais enviado donde Juan si no hubiéseis creído que era digno de fe. Y lo que es más, no le enviaron a preguntar acerca de Cristo, sino acerca de él mismo. Porque los enviados no dijeron: ¿qué dices de Jesucristo?, sino: ¿tú quién eres? ¿qué dices de ti mismo? Por tanto, tenían formado un alto concepto de aquel hombre.

También el testimonio de Juan era el testimonio de Dios, que hablando por medio de él dijo lo que dijo. Y para que no digan: ¿de dónde consta que Juan aprendió de Dios lo que aprendió?, diciendo esto, aclaró la duda de aquéllos: “Mas digo esto para que os salvéis”, como si dijera: Yo en realidad soy Dios que existo por mí mismo, y no necesitaba de esta especie de testimonio humano. Pero como vosotros creéis más bien a Juan y le creéis más digno de fe que a todos los demás, y como no me creéis ni aun cuando hago milagros, por esto os recuerdo su testimonio. Y para que no digan ¿qué hay con que aquél lo haya dicho si nosotros no lo hemos recibido?, les manifiesta que efectivamente no habían aceptado lo que había dicho San Juan. Por esto sigue: “El era una antorcha que ardía y alumbraba, y vosotros quisisteis por breve tiempo alegraros con su luz”. Respecto a esto que dijo: “Por breve tiempo”, dio a conocer la facilidad con que habían creído y la prontitud con que habían olvidado lo que le habían oído. Lo cual, si no hubiese sucedido, hubiesen sido llevados hasta Jesús como de la mano. Llamándole antorcha, da a conocer que no tenía luz propia, sino que la recibía de la gracia del Espíritu Santo.

Os cito a San Juan, no porque necesite de su testimonio, sino para que os salvéis. Porque yo tengo un testimonio mayor que el de Juan. Y esto es lo que dice a continuación: “Pero yo tengo mayor testimonio que Juan”, y éste es el que procede de las obras. Por esto sigue: “Mas las obras que me dio el Padre para que yo las ejecute, ellas mismas son las que dan testimonio de mí”.

37. ¿Cómo, pues, Moisés pregunta si aconteció alguna vez que un pueblo oyera la voz de Dios que hablaba en medio del fuego como tú le has visto y has oído?, y ¿cómo se dice que Isaías y otros muchos le vieron? ¿Qué es, pues, lo que ahora dice Cristo? Los conduce a una doctrina filosófica, enseñándoles poco a poco que no hay en Dios ni voz ni figura, sino que es muy superior a tales formas y al lenguaje material. Así, cuando dice: “Ni habéis oído su voz”, no expresa que Dios tenga una voz que sin embargo no puede oírse; y lo mismo al decir: “Ni habéis visto su figura”, no indica que Dios tenga forma sensible y visible, sino al contrario, que nada de esto hay en Dios.

38. Tampoco les era posible asegurar que hubiesen recibido y guardado sus preceptos, de aquí es que añade: “Y no tenéis estable en vosotros su palabra”. Esto es, los preceptos de Dios, aunque Dios los ha constituido, sin embargo no están entre vosotros. Si es así que las Escrituras enseñan en todas partes que creáis en mí y vosotros no creéis, es cosa clara que su palabra se ha apartado de vosotros. Y por esto añade: “Porque al que El envió, a Este no creéis”.

39-40. También puede continuarse hablando de este modo: podrían decir aquéllos, ¿si no hemos oído su voz, cómo podremos saber que Dios da testimonio de ti? Y por esto dice: “Examinad las Escrituras”, manifestando que Dios ha dado testimonio de El por medio de las Escrituras. También en el Jordán y en el monte dio testimonio de El, mas no oyeron la voz que resonó en el monte. Y aunque oyeron la que resonó en el Jordán, no le prestaron atención. Por esto los remite a las Escrituras, manifestando que el testimonio del Padre está en ellas. Mas no los remitía a la simple lectura de las Escrituras, sino que les encargaba el examen detenido, porque lo que en las Escrituras se encontraba respecto de El estaba velado por encima y no se expresaba en la superficie, sino que estaba escondido en lo profundo, a manera de un tesoro. Y no dice: en las cuales tenéis la vida eterna, sino: en las que creéis tenerla, manifestando que no sacaban el grande y noble fruto de las Escrituras, creyendo que podrían salvarse únicamente con leerlas sin fe. Por lo que añade: “Y no queréis venir a mí”, porque no querían creer en El.

41. Como el Señor había hecho mención antes del testimonio de San Juan, del de Dios y del de las obras de sus siervos para atraerlos más hacia sí, era probable que muchos creyesen que decía esto porque deseaba la gloria de los hombres. Y con este fin, dice en contra de esto: “No recibo la gloria de los hombres”. Esto es, no necesito, porque mi naturaleza no es de tal manera que necesite la gloria que procede de los hombres. Y si el sol no recibe aumento de luz de la luz de otra antorcha, con mucha más razón no necesito de la gloria humana.

42. “Mas yo he conocido que no tenéis el amor de Dios en vosotros.” Como diciendo: y por eso he dicho esto, para convenceros de que no me perseguís porque amáis a Dios; porque El da testimonio de mí por medio de las obras y por medio del Espíritu Santo. Sucedería, pues, que así como me despreciáis, creyendo que soy enemigo de Dios, ahora vendríais a mí si amaseis a Dios, pero no le amáis. Y les dio a conocer que esto era verdad, no sólo por lo que había pasado, sino por lo que habría de suceder, diciendo: “Yo he venido en nombre de mi Padre, y no me habéis recibido: si otro viniere en su nombre, le recibiréis”. Y dice que ha venido en nombre del Padre para deshacer toda ocasión de impiedad.

43-44. De este modo, pues, pone de relieve la falta de religiosidad de aquéllos. Como diciendo: si me perseguís porque amáis a Dios, mucho más conviene que lo hagáis con el Anticristo. Porque él no dirá que ha sido enviado por el Padre, ni que ha venido para hacer la voluntad de El, sino que por el contrario, usurpando lo que no le pertenece, dirá que es Dios, y que está sobre todas las cosas. Por lo que se da a conocer que perseguían a Jesucristo por envidia, y por su aversión a Dios. Además expone la causa de su infidelidad, diciéndoles: “¿Cómo podéis creer vosotros, siendo así que aceptáis mutuamente la gloria, y no buscáis la gloria que sólo viene de Dios?” Aquí les manifiesta repetidamente que no tendían hacia las cosas de Dios, sino que querían defender sus propias pasiones.

45. “No penséis que os voy a acusar yo delante del Padre. Vuestro acusador es Moisés, en quién habéis puesto vuestra esperanza.” Esto es, porque no he venido a condenar, sino a salvar. “Otro hay que os acusa; Moisés, en quien vosotros esperáis”. Así como de la Escritura había dicho antes “en la que vosotros suponéis la vida eterna”, así dice de Moisés, “en quien esperáis”, encerrándoles en sus propios argumentos. Pero dirían: ¿Y cómo nos acusará aquél? ¿Qué de comparable hay entre tú y Moisés, siendo así que no guardas el sábado? Y por esto añade: “Porque si creyéseis a Moisés, también me creeríais a mí; pues él escribió de mí”. Esto tiene sus fundamentos en las anteriores pruebas. Y estando demostrado por mis obras, por el testimonio de Juan, y por el de mi Padre, que he venido de Dios, comprenderéis que Moisés os acusará, porque dijo: “Si viene alguno haciendo milagros, encaminando hacia Dios y prediciendo con verdad lo que ha de suceder, convendrá obedecerle”. Y Jesucristo hizo todo esto, y sin embargo no le creyeron.

47. >“Si no creéis en los escritos [de Moisés], ¿cómo vais a creer en mis palabras?”Y en realidad, si se fijaran en lo que se les decía, le hubieran rogado que dijera qué era lo que Moisés había escrito acerca de El, pero se callaron. De tal condición es la maldad, que por más que vea u oiga continúa guardando siempre su veneno.

Alcuino

31-32. Como Jesucristo era Dios y hombre, manifestó que tenía propiedades de las dos naturalezas, hablando en alguna ocasión acerca de que había tomado la naturaleza humana, y en otras dando a conocer la majestad de su divinidad. Por tanto, cuando dice: “Si yo doy testimonio de mí mismo, mi testimonio no es verdadero”, etc., esto debe entenderse respecto de la humanidad. Y éste es el sentido: si yo, hombre, doy testimonio de mí mismo (esto es, prescindiendo de Dios), mi testimonio no es verdadero. Por esto sigue: “Otro es el que da testimonio de mí”. Porque el Padre es quien da testimonio de Jesucristo, puesto que en su bautismo se oyó la voz del Padre, como también en el monte, cuando Jesucristo se transfiguró. Prosigue: “Y sé que es verdadero el testimonio de El”, porque Dios es la verdad. Y el testimonio de la verdad ¿puede menos de ser verdadero?

33-35. Juan dio testimonio, no de sí, sino de la verdad, y por ser amigo de la verdad dio testimonio de la verdad, esto es, de Cristo. Y no rechazó el Señor el testimonio de Juan, que ciertamente fue necesario, sino que manifestó que no debían los hombres dirigirse a San Juan sin darse cuenta que Jesucristo era el único de quien necesitaban.

Porque Juan era antorcha, iluminado por Jesucristo, que era la verdadera luz. Juan ardía en la fe y en el amor, y brillaba por la palabra y por la obra, y había sido enviado antes para confundir a los enemigos de Jesucristo, según aquellas palabras del salmo ( Sal 131,17-18): “He preparado la antorcha para mi Cristo, y llenaré de confusión a todos sus enemigos”.

Como da vista a los ciegos, oídos a los sordos, palabras a los mudos, arroja a los demonios y resucita a los muertos, todas estas obras dan testimonio de Jesucristo.

37. Mas los judíos podían decir: nosotros únicamente acostumbramos a oír su voz en el monte Sinaí, y lo hemos visto en la forma de fuego; por tanto, si Dios diera testimonio de ti, nosotros hubiéramos conocido su voz. Pero contra esto dice: yo tengo testimonio del Padre aunque vosotros no lo comprendáis, porque vosotros “nunca habéis oído su voz, ni habéis visto su imagen”.

No puede Dios ser conocido por los oídos carnales, sino por espiritual inteligencia mediante la gracia del Espíritu Santo. No oían, pues, la voz espiritual, porque no querían amarle y obedecer sus preceptos, ni ver su figura, porque ésta no puede ser contemplada con los ojos carnales, sino con la fe y el amor.

39-40. No tienen en sí constantemente al Verbo que era en el principio, los que oyendo la palabra de Dios desdeñan el tenerla siempre presente y ajustar a ella sus obras. Había dicho que El tenía el testimonio de Juan, el de sus obras y el del Padre. Y ahora añade que también la Ley, que fue dada por Moisés, da testimonio de El, diciendo: “Examinad las Escrituras en las cuales creéis tener la vida eterna, y ellas son las que dan testimonio de mí”. Como diciendo: vosotros, que creéis tener la vida eterna en las Escrituras y me rechazáis como contrario a Moisés, podéis comprender que yo soy Dios por las palabras del mismo Moisés, si examináis cuidadosamente las mismas Escrituras. Toda la Escritura da testimonio de Jesucristo, ya por medio de figuras, ya por medio de los profetas, ya por medio de los ángeles. Pero los judíos no creyeron que todo esto se refería a Jesucristo y, por lo tanto, no pueden alcanzar la vida eterna. Por esto sigue: “Y no queréis venir a mí, para que tengáis vida”, como diciendo: las Escrituras dan testimonio, y sin embargo no queréis venir a mí, a pesar de tanto testimonio. Esto es, no queréis creer en mí, y buscar en mí la eterna salvación.

41. Ni recibo gloria alguna de los hombres, esto es, no busco la alabanza humana, porque no he venido a recibir honra material de los hombres, sino a dar honra espiritual a los hombres. Por tanto, no digo esto para buscar mi propia gloria, sino que me compadezco de vosotros, que vivís en el error, y deseo traeros al camino de la verdad.

43. “Yo he venido en nombre de mi Padre, y no me recibís; si otro viene en su propio nombre, a ése le recibiréis.” Como si dijera: he venido al mundo para que el nombre de mi Padre sea glorificado por mí, puesto que todo lo atribuyo al Padre. Como no tenían amor de Dios, no querían recibir a Aquél que venía a hacer la voluntad del Padre. Mas el Anticristo vendrá, no en el nombre del Padre, sino en el suyo propio, y no buscando la gloria del Padre, sino la suya. Y como los judíos no quisieron recibir a Jesucristo, se les castigará su pecado con mucha razón, haciéndoles que reciban el Anticristo, para que los que no quisieron creer en la verdad crean en la mentira.

44. Es un pecado grave la jactancia y la ambición de la humana alabanza, que quiere que se la crea adornada de las prendas que no tiene. Por tanto, no pueden creer, porque tienen ambición de gloria mundana; ¿y qué otra cosa es la ambición de la humana alabanza, sino la hinchazón del alma soberbia? Como diciendo: que el alma de aquéllos, que era soberbia, deseaba ser alabada y ensalzada sobre todos los demás.

45. “No penséis que os voy a acusar yo delante del Padre. Vuestro acusador es Moisés, en quién habéis puesto vuestra esperanza.” Acaso dijo esto ateniéndose a nuestro modo de pensar, y no porque pueda caber duda en Dios. Moisés, pues, escribió acerca de Jesucristo, diciendo: “El Señor os levantará un profeta de entre vuestros hermanos; y así como a mí, también le oiréis a El” ( Dt 18,15).

47. “Si no creéis en los escritos [de Moisés], ¿cómo vais a creer en mis palabras?”De aquí se deduce que los que leen los preceptos (que prohíben el robar y otras acciones malas) y dejan de cumplirlos, no pueden cumplir tampoco los mandatos del Evangelio, que son más perfectos y sublimes.

San Agustín

31-35. El sabía que el testimonio que daba de sí mismo era verdadero, pero a causa de aquella gente ignorante e incrédula, el que era el Sol buscaba antorchas auxiliares. Porque como aquéllos no veían bien, no podían resistir la fuerza de los rayos del sol. Por lo tanto, se destinó a San Juan para que diese testimonio de la verdad. Los mártires ¿no son testigos de Jesucristo para que den testimonio de la verdad? Pero si consideramos esto bien, cuando los mártires dan testimonio de El, El mismo es quien da testimonio de sí mismo, porque El habita en los mártires para que den testimonio de la verdad (De Verb. Dom. serm. 43).

43. Pero oigamos también lo que dice San Juan: “Habéis oído que viene el Anticristo, y ahora hay muchos que se han hecho anticristos” ( 1Jn 2,18). ¿Qué hay de temer en el Anticristo, sino que su nombre habrá de ser honrado y el nombre de Dios despreciado? ¿Qué otra cosa hace el que dice: “soy yo el que justifica” y “si no fuésemos buenos, habríais perecido?” ¿Ha de depender de éste mi vida, y mi salvación estar ligada a la suya de este modo? ¿No habría olvidado lo quién es mi fundamento? ¿Acaso no es Jesucristo la piedra? (De Verb. Dom. serm. 45).

45-46. “Vuestro acusador es Moisés, en quién habéis puesto vuestra esperanza.” Todo lo que escribió Moisés, lo escribió refiriéndose a Jesucristo. Esto es, todo pertenece a Jesucristo: ya sea que lo anuncie por medio de figuras en las cosas, en las acciones, o en las palabras, o ya sea que recomiende su gracia y su gloria (Contra Faustum 16, 9).

Beda

34. “Mas yo no tomo testimonio de hombre”. Porque no lo necesito. Mas Juan, aun cuando dio testimonio, no lo dio para aumentar la gloria de Jesucristo, sino para mover a los hombres a conocerle mejor.

37. La misión debe entenderse como su Encarnación. Finalmente manifiesta que Dios no tiene cuerpo, porque no puede ser visto con los ojos de la carne. Por esto sigue: “Y vosotros nunca habéis oído su voz, ni habéis visto su imagen” (In Ioannem c. 5).

37. El salmista manifiesta por qué usó de la palabra venir en lugar de creer, cuando dice: “Aproximaos a El y seréis iluminados” ( Sal 33,6). Añade también: “Para que tengáis vida”, porque si el alma que peca muere, aquéllos tenían muerta el alma y la inteligencia. Por lo tanto, les ofrecía la vida del alma, o de la eterna felicidad (In Ioannem c. 5).

44. “¿Cómo podéis creer vosotros, que aceptáis gloria unos de otros, y no buscáis la gloria que viene del único Dios?” No puede precaverse este vicio de otro modo que entrando dentro de nosotros mismos, y considerando que no somos más que polvo, y que si comprendemos que en nosotros hay algo bueno, no creamos que procede de nosotros mismos, sino que debemos atribuirlo a Dios. Se nos enseña también que debemos portarnos siempre como deseamos ser tenidos por los demás. Finalmente, podrían responder: ¿Luego nos acusarás delante de tu Padre? Y por lo tanto, previniendo esta pregunta, añade: “No penséis que yo os he de acusar”, etc.

San Hilario De Trin., 1, 7

36-37. El Dios Unigénito no sólo da testimonio del nombre, sino que enseña también por el testimonio del poder que es el Hijo de Dios. Porque las obras que practica atestiguan que ha sido enviado por el Padre, y así la obediencia del Hijo y la autoridad del Padre se conocen perfectamente en el que ha sido enviado. Pero como las obras no son de suficiente testimonio para los incrédulos, prosigue: “Y el Padre que me envió dio testimonio de mí”. Registrad los Evangelios y examinad todas sus obras. No hay otro testimonio del Padre respecto del Hijo en los sagrados libros, sino aquél en que manifiesta que Este es su Hijo. ¿Por qué se trata ahora de mentir, diciendo que sólo hay adopción de nombre, para decir que Dios miente y que ha inventado nombres vanos?

Teofilacto

47. “Mas si a sus escritos no creéis, ¿cómo creeréis a mis palabras?” Como diciendo: El, además, escribió y dejó sus libros entre vosotros, para que si os olvidaseis, podáis recordarlo fácilmente; y si no habéis creído en lo que está escrito, ¿cómo creeréis en mis palabras que no están escritas?

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