Lc 15, 1-3.11-32: la parábola del Hijo Pródigo

Texto Bíblico

1 Solían acercarse a Jesús todos los publicanos y los pecadores a escucharlo. 2 Y los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: «Ese acoge a los pecadores y come con ellos».
3 Jesús les dijo esta parábola: 11 También les dijo: «Un hombre tenía dos hijos; 12 el menor de ellos dijo a su padre: “Padre, dame la parte que me toca de la fortuna”. El padre les repartió los bienes. 13 No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, se marchó a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente. 14 Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó él a pasar necesidad. 15 Fue entonces y se contrató con uno de los ciudadanos de aquel país que lo mandó a sus campos a apacentar cerdos. 16 Deseaba saciarse de las algarrobas que comían los cerdos, pero nadie le daba nada. 17 Recapacitando entonces, se dijo: “Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre. 18 Me levantaré, me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; 19 ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros”. 20 Se levantó y vino adonde estaba su padre; cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se le conmovieron las entrañas; y, echando a correr, se le echó al cuello y lo cubrió de besos. 21 Su hijo le dijo: “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo”.
22 Pero el padre dijo a sus criados: “Sacad enseguida la mejor túnica y vestídsela; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; 23 traed el ternero cebado y sacrificadlo; comamos y celebremos un banquete, 24 porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado”. Y empezaron a celebrar el banquete. 25 Su hijo mayor estaba en el campo. Cuando al volver se acercaba a la casa, oyó la música y la danza, 26 y llamando a uno de los criados, le preguntó qué era aquello. 27 Este le contestó: “Ha vuelto tu hermano; y tu padre ha sacrificado el ternero cebado, porque lo ha recobrado con salud”. 28 Él se indignó y no quería entrar, pero su padre salió e intentaba persuadirlo. 29 Entonces él respondió a su padre: “Mira: en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; 30 en cambio, cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado”. 31 Él le dijo: “Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo; 32 pero era preciso celebrar un banquete y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado”».

Sagrada Biblia, Versión oficial de la Conferencia Episcopal Española (2012)



Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Sermón: No ha perdido su condición de Padre

«Me pondré en camino, volveré a casa de mi padre» (Lc 15,18)
2 y 3: PL 52, 188-189.192


El que pronuncia estas palabras estaba tirado por el suelo. Toma conciencia de su caída, se da cuenta de su ruina, se ve sumido en el pecado y exclama: «Me pondré en camino, volveré a casa de mi padre.» ¿De dónde le viene esta esperanza, esta seguridad, esta confianza? Le viene por el hecho mismo que se trata de su padre. «He perdido mi condición de hijo; pero el padre no ha perdido su condición de padre. No hace falta que ningún extraño interceda cerca de un padre; el mismo amor del padre intercede y suplica en lo más profundo de su corazón a favor del hijo. Sus entrañas de padre se conmueven para engendrar de nuevo a su hijo por el perdón. «Aunque culpable, yo iré donde mi padre.»

Y el padre, viendo a su hijo, disimula inmediatamente la falte de éste. Se pone en el papel de padre en lugar del papel de juez. Transforma al instante la sentencia en perdón, él que desea el retorno del hijo y no su perdición... «Lo abrazó y lo cubrió de besos.» (Lc 15,20) Así es como el padre juzga y corrige al hijo. Lo besa en lugar de castigarlo. La fuerza del amor no tiene en cuenta el pecado, por esto con un beso perdona el padre la culpa del hijo. Lo cubre con sus abrazos. El padre no publica el pecado de su hijo, no lo abochorna, cura sus heridas de manera que no dejan ninguna cicatriz, ninguna deshonra. «Dichoso el que ve olvidada su culpa y perdonado su pecado.» (Sal 31,1)

Romano el Melódico

Himno: Dichosos aquellos a quienes son perdonados los pecados

«Alegrémonos, pues este hermano tuyo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido encontrado» (Lc 15,32)
18


El hijo mayor dice a su padre, encolerizado: «hace ya muchos años que te sirvo sin desobedecer jamás tus órdenes.... pero llega ese hijo tuyo, ... y le matas el ternero cebado» (Lc 15, 28ss).

Apenas oyó el padre hablar a su hijo de esta manera que le responde con dulzura: «Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo.» –Escucha a tu padre, tú no estás separado de la Iglesia, tú estás siempre presente a mi lado, con todos los ángeles. Pero éste ha venido cubierto de vergüenza, desnudo y sin belleza, gritando: «Misericordia, porque he pecado, padre, y te suplico como culpable ante tu rostro. Trátame como uno de tus jornaleros y aliméntame, porque tu amas a los hombres, Señor y Amo de los siglos.-

Tu hermana ha gritado: -Sálvame, padre santo!-... ¿Cómo no podía tener piedad, de no salvar a mi hijo que gime, que solloza?.... Júzgame tú, tú que me recriminas... Mi alegría, en todo momento, consiste en amar a los hombres...Son mis criaturas, ¿cómo no tener compasión? ¿Cómo no tener en cuenta su arrepentimiento? Mis entrañas engendraron a este hijo que acojo con entrañas de misericordia, yo, el Señor y Amo de los siglos.-

«Así, pues, hijo mío, ¡alégrate con todos los invitados al banquete, y mezcla tus cantos al de todos los ángeles, porque tu hermano estaba perdido y ha sido encontrado, estaba muerto y ha vuelto a la vida.» Con estas palabras, el hijo mayor se dejó persuadir y cantó: «¡Gritad de gozo! Dichosos aquellos a quienes son perdonados los pecados y borradas sus culpas» (cf Sal 131,1). -Te alabo, Amigo de los hombres, tú que has salvado a mi hermano, tú el Señor y Amo de los siglos.-

Numerosos son los que, por la penitencia, merecieron el amor que tienes por el hombre. Hiciste justos al publicano que suplicaba y a la pecadora que lloraba (Lc 18,14; 7,50), porque, por designio preestablecido, concedes el perdón. Con estos conviérteme también a mí, ya que eres rico en misericordia, tú que quieres que todos los hombres se salven.

Mi alma se manchó revistiéndose con la túnica de mis faltas (Gn 3,21). Pero tú, recuérdame que fluyan de mis ojos fuentes, con el fin de que la purifique por la contrición. Revísteme con un vestido resplandeciente, digno de tu boda (Mt 22,12), tú que quieres que todos los hombres se salven…

Ten compasión de mis gritos como lo hiciste con el hijo pródigo, Padre celeste, porque yo también me echo a tus pies, y grito como gritó él: "¡Padre, pequé!" No me rechaces, mi Salvador, yo tu hijo indigno, sino haz que tus ángeles se regocijan también por mí, Dios de bondad que quieres que todos los hombres se salven.

Porque me hiciste hijo tuyo y heredero tuyo por la gracia (Rm 8,17). ¡Pero yo, por haberte ofendido, me hice prisionero, esclavo vendido al pecado, y desgraciado! Ten lástima de tu imagen (Gn 1,26) y sácala del exilio, Salvador, tú que quieres que todos los hombres se salven…

Ahora es el tiempo de arrepentirse… La palabra de Pablo me empuja a perseverar en la oración (Cuello 4,2) y a esperarte. Con confianza pues, yo te ruego, porque conozco bien tu misericordia, sé que vienes a mi enseguida, cuando pido auxilio. Si tardas, es para darme el salario de la perseverancia, tú quien quieres que todos los hombres se salven.

Concédeme poder celebrarte siempre y corresponderte llevando una vida pura. Dígnate hacer que mis actos estén de acuerdo con mis palabras, Todopoderoso, para que te cante… con una oración pura, solo a ti Cristo, que quieres que todos los hombres se salven.

Macario de Egipto

Homilía: Dame, de nuevo, lo que he perdido

«Un hombre tenía dos hijos» (Lc 15,11)
[atribuida], In Ephata III


¡Acerquémonos al Señor, la puerta espiritual y llamemos para que nos abra! Pidamos recibirle a él mismo, el pan de vida (cf Jn 6,34). Digámosle: «Dame, Señor, el pan de la vida para que viva, porque estoy en peligro, amenazado por el hambre del pecado. Dame el vestido luminoso de la salvación para que cubra la vergüenza de mi alma, porque estoy desnudo, privado del poder de tu Espíritu y avergonzado por la indecencia de mis pasiones» (cf Gn 3,10).

Y si él te dice: «Tenías un vestido ¿dónde lo tienes?» respóndele: «He caído en manos de bandoleros, me han despojado y molido a palos y dejado medio muerto, me han quitado mi vestido y se lo han llevado. Dame sandalias espirituales, porque los pies de mi espíritu están llagados por las espinas y los zarzales (cf Gn 3,18); voy errante por el desierto y no puedo avanzar. Dame la vista del corazón para que vea de nuevo; abre los ojos de mi corazón porque mis enemigos invisibles me han dejado ciego y me echan encima un velo de tinieblas; ya no puedo contemplar tu rostro celestial tan deseado. Dame el oído espiritual porque mi inteligencia está sorda y no ya no puedo escuchar tus conversaciones tan suaves y agradables. Dame el óleo de la alegría (Sal 44,8) y el vino del gozo espiritual. Sáname y devuélveme la salud porque mis enemigos, bandoleros temidos, me han dejado medio muerto.»

Dichoso aquel que suplica con perseverancia y fe, como indigente y herido, porque recibirá lo que pide; obtendrá la salud y el remedio eternos y será liberado de sus enemigos que son las pasiones del pecado.

Santiago de Saroug

Poema: Iré hacia ti y me saciaré de tu alegría

«Sí, me levantaré, volveré junto a mi padre» (Lc 15,18)
[Falta referencia]


Volveré a casa de mi padre como el hijo pródigo y seré acogido. Como hizo él, lo haré yo también. ¿No me escuchará? A tu puerta, Padre misericordioso, llamaré. ¡Ábreme, que entre, que no me pierda de nuevo y muera! Tú me has constituido heredero tuyo, y yo he dilapidado mi herencia. ¡Trátame como a uno de tus jornaleros.

Como del publicano ¡ten piedad de mí y viviré! Como a la pecadora ¡perdóname mi pecado, Hijo de Dios! Como a Pedro ¡sácame de las aguas de mi bajeza, que no me hunda! Como a la oveja perdida ¡búscame y me encontrarás y sobre tus hombres, Señor, llévame a la casa del Padre!

Como al ciego, ¡ábreme los ojos, que vea la luz! Como al sordo ¡ábreme los oídos y escucharé tu voz! Como al paralítico ¡cura mi enfermedad y alabaré tu nombre! Como al leproso ¡con tu hisopo purifícame de mis inmundicias! (Sal 50,9) Como a la niña, hija de Jairo, ¡dame la vida, oh Señor! Como a la suegra de Pedro, ¡cúrame porque estoy enfermo! Como al joven ¡hijo de la viuda, levántame! Como a Lázaro, ¡llámame por tu voz y desata mis vendas! Ya que estoy muerto por el pecado, como por una enfermedad. ¡Levántame de mi desastre para que alabe tu nombre! Te lo pido, Señor de tierra y cielo, ¡ven en mi auxilio y muéstrame el camino para que llegue hasta ti! ¡Llévame hasta ti, Hijo del Sumo Bien y colma tu misericordia! Iré hacia ti y me saciaré de tu alegría.

Isaac de Stella

Sermón: No vivas fuera de ti mismo

«Entonces volviéndose a sí mismo, se dijo: ' Aquí muero de hambre. Voy a volver a casa de mi padre'» (Lc 15,18)
Sermón 2 por Todos los Santos n. 13-2


«Bienaventurados los que lloran porque serán consolados» (Mt 5,5). Por esta palabra el Señor quiere hacernos comprender que el camino de la alegría es el llanto. Por la desolación se va a la consolación; es perdiendo su vida como la encuentra, rechazándola como se la posee, odiándola como se la ama, despreciándola como se la conserva (cf Lc 9, 23s). Si quieres conocerte a ti mismo y dominarte, entra en ti mismo y no te busques fuera... Entra pues en ti mismo, pecador, entra donde existes verdaderamente: en tu corazón. En el exterior, eres un animal, a imagen del mundo...; dentro, tu eres un hombre, a imagen de Dios (Gn 1,26), y por tanto capaz de ser deificado.

Por lo tanto, hermanos, ¿el hombre que entra en sí mismo, no se descubrirá lejos, como el hijo pródigo, en una región distinta, en una tierra extranjera, en la que se sienta y llora con el recuerdo de su padre y de su patria?... « Oh Adán, ¿dónde estás? » (Gn 3,9). Quizás todavía en la sombra para no verte: coses juntas hojas de vanidad para cubrir tu vergüenza (Gn 3,7), mirando lo que está alrededor de ti y lo que es tuyo, porque tus ojos están muy abiertos sobre tales cosas. Pero mira dentro, mírate: es allí donde se encuentra el mayor motivo de vergüenza...

Es evidente, hermanos: vivimos fuera de nosotros mismos... Es por ello que la Sabiduría tiene interés siempre de invitarnos a la casa del duelo más que a la casa del banquete (Eccl 7,3), es decir recordarle en sí mismo al hombre que estaba fuera de sí, diciéndole: « Bienaventurados los que lloran» y en otro pasaje: « Desdichados de vosotros que reís ahora » (Lc 6,25)... Hermanos míos, gimamos en presencia del Señor: que su bondad le lleve a perdonarnos... Dichosos los que lloran, no porque lloran, sino porque serán consolados. El llanto es el camino; el consuelo es la beatitud.

Juan Pablo II

Reconciliatio et Paenitentia: Todo hombre es este hijo pródigo

«Padre, dame la parte que me toca de la fortuna» (Lc 15,12)
nn. 5-6


5. [...]Del hermano que estaba perdido...

«Un hombre tenía dos hijos. El más joven dijo al padre: "Padre, dame la parte de herencia que me corresponde", dice Jesús poniendo al vivo la dramática vicisitud de aquel joven: la azarosa marcha de la casa paterna, el despilfarro de todos sus bienes llevando una vida disoluta y vacía, los tenebrosos días de la lejanía y del hambre, pero más aún, de la dignidad perdida, de la humillación y la vergüenza y, finalmente, la nostalgia de la propia casa, la valentía del retorno, la acogida del Padre. Este, ciertamente no había olvidado al hijo, es más, había conservado intacto su afecto y estima. Siempre lo había esperado y ahora lo abraza mientras hace comenzar la gran fiesta por el regreso de «aquel que había muerto y ha resucitado, se había perdido y ha sido encontrado».

El hombre —todo hombre— es este hijo pródigo: hechizado por la tentación de separarse del Padre para vivir independientemente la propia existencia; caído en la tentación; desilusionado por el vacío que, como espejismo, lo había fascinado; solo, deshonrado, explotado mientras buscaba construirse un mundo todo para sí; atormentado incluso desde el fondo de la propia miseria por el deseo de volver a la comunión con el Padre. Como el padre de la parábola, Dios anhela el regreso del hijo, lo abraza a su llegada y adereza la mesa para el banquete del nuevo encuentro, con el que se festeja la reconciliación.

Lo que más destaca en la parábola es la acogida festiva y amorosa del padre al hijo que regresa: signo de la misericordia de Dios, siempre dispuesto a perdonar. En una palabra: la reconciliación es principalmente un don del Padre celestial.

...al hermano que se quedó en casa

Pero la parábola pone en escena también al hermano mayor que rechaza su puesto en el banquete. Este reprocha al hermano más joven sus descarríos y al padre la acogida dispensada al hijo pródigo mientras que a él, sobrio y trabajador, fiel al padre y a la casa, nunca se le ha permitido —dice— celebrar una fiesta con los amigos. Señal de que no ha entendido la bondad del padre. Hasta que este hermano, demasiado seguro de sí mismo y de sus propios méritos, celoso y displicente, lleno de amargura y de rabia, no se convierta y no se reconcilie con el padre y con el hermano, el banquete no será aún en plenitud la fiesta del encuentro y del hallazgo.

El hombre —todo hombre— es también este hermano mayor. El egoísmo lo hace ser celoso, le endurece el corazón, lo ciega y lo hace cerrarse a los demás y a Dios. La benignidad y la misericordia del Padre lo irritan y lo enojan; la felicidad por el hermano hallado tiene para él un sabor amargo. También bajo este aspecto él tiene necesidad de convertirse para reconciliarse.

La parábola del hijo pródigo es, ante todo, la inefable historia del gran amor de un padre —Dios— que ofrece al hijo que vuelve a Él el don de la reconciliación plena. Pero dicha historia, al evocar en la figura del hermano mayor el egoísmo que divide a los hermanos entre sí, se convierte también en la historia de la familia humana: señala nuestra situación e indica la vía a seguir. El hijo pródigo, en su ansia de conversión, de retorno a los brazos del padre y de ser perdonado representa a aquellos que descubren en el fondo de su propia conciencia la nostalgia de una reconciliación a todos los niveles y sin reservas, que intuyen con una seguridad íntima que aquélla solamente es posible si brota de una primera y fundamental reconciliación, la que lleva al hombre de la lejanía a la amistad filial con Dios, en quien reconoce su infinita misericordia. Sin embargo, si se lee la parábola desde la perspectiva del otro hijo, en ella se describe la situación de la familia humana dividida por los egoísmos, arroja luz sobre las dificultades para secundar el deseo y la nostalgia de una misma familia reconciliada y unida; reclama por tanto la necesidad de una profunda transformación de los corazones y el descubrimiento de la misericordia del Padre y de la victoria sobre la incomprensión y las hostilidades entre hermanos.

A la luz de esta inagotable parábola de la misericordia que borra el pecado, la Iglesia, haciendo suya la llamada allí contenida, comprende, siguiendo las huellas del Señor, su misión de trabajar por la conversión de los corazones y por la reconciliación de los hombres con Dios y entre sí, dos realidades íntimamente unidas.

Joseph Ratzinger (Benedicto XVI)

Retiro: La envidia de los devotos

«Un hombre tenía dos hijos» (Lc 15,11)
Predicado en el Vaticano, 1983. [Falta referencia]


Al meditar esta parábola, no se debe olvidar la figura del hijo mayor. En cierto sentido no es menos importante que la figura del menor, hasta el punto que se podría, y en cierta manera con razón, llamarla la parábola de los dos hermanos. Con las figuras de los dos hermanos el texto se sitúa en el mismo corazón de una larga historia bíblica, comenzada con la historia de Caín y Abel, de nuevo con los hermanos Isaac e Ismael, Jacob y Esaú, e interpretada en diferentes parábolas de Jesús. En la predicación de Jesús, las figuras de los dos hermanos reflejan, sobre todo, el problema Israel-paganos... Al descubrir que los paganos son llamados sin someterlos a las obligaciones de la Ley, Israel expresa su disgusto: «En tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya». Con las palabras: «Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo» la misericordia de Dios invita a Israel a entrar.

Pero el significado de este hermano mayor es aún más amplio. En un cierto sentido, representa al hombre devoto, es decir, a todos los que se han quedado con el Padre sin desobedecer nunca sus mandamientos. En el momento en que el pecador regresa, se despierta la envidia, este veneno escondido hasta entonces en el fondo de su alma. ¿Por qué esta envidia? Demuestra que muchos de los «devotos» tienen también ellos escondido en su corazón el deseo de un país lejano y sus alicientes. La envida revela que estas personas no han comprendido realmente la belleza de la patria, la felicidad del «todo lo mío es tuyo», la libertad de ser hijos y propietarios. Y así aparece que también ellos desean secretamente la felicidad del país lejano... Y, al fin, no entran a la fiesta; al final se quedan fuera...


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Uso Litúrgico de este texto (Homilías)

Tiempo de Cuaresma: Sábado II
Tiempo de Cuaresma: Domingo IV (Ciclo C)



Lectura exegética

“Este Evangelio se lee, entre otros días, el IV Domingo de Cuaresma del ciclo C. La parábola del hijo pródigo aporta su conocido mensaje de amor del Padre, a la vez que describe un proceso de pecado y conversión en el que cada cristiano puede verse reflejado”

Contexto

  • Lc 15,1

Todos los publicanos y los pecadores: El contexto es similar al de la conversión de Leví (Lc 5,27-32), con la sola diferencia que aquí, no es tanto Jesús que viene a los publicanos, sino que los publicanos y pecadores se acercan a Él para oírle.

Pero, ¿por qué todos, cuando las parábolas que siguen giran en torno a una sola oveja, una dracma, un hijo pródigo? Porque se trata del amor del Padre y de su Enviado, Jesucristo: somos todos amados, cada uno personalmente, por nuestro nombre, como si fuésemos únicos en el mundo. Pero aquello que es dado a cada uno, “todos lo tenemos completamente”; pues “Dios quiere que todos los hombres se salven” (1Tim 2,4). Y “todos” hemos de reconocernos pecadores y por tanto considerarnos como beneficiarios de las tres parábolas que introduce este primer versículo.

  • Lc 15,2

Los fariseos y los escribas murmuraban…: Lo mismo que hará más adelante el hijo mayor. Se puede ver desde ahora que la segunda parte de la tercera parábola se dirige más directamente a los fariseos (cf. v. 28-32).

Éste acoge a los pecadores…: Todo el Antiguo Testamento llama a los pecadores al arrepentimiento y al retorno. Pero no eran readmitidos en la comunidad santa de Israel sin haber sido rescatados por una efectiva penitencia. Jesús puede readmitirlos de entrada, porque sabe que Él mismo se encargará de dicha redención, mientras que sus interlocutores lo ignoran en ese momento, pues las parábolas que siguen anuncian justamente dicha redención. Digamos que aquí los fariseos son excusables, porque ignoran que la redención llegaba con aquel mismo con quien estaban hablando. En todo caso, evitemos de despreciar y caricaturizar a esos fariseos, pues actuaríamos como ellos, cuya equivocación es sobre todo condenar de entrada a los demás.

… y come con ellos: El tema del banquete será retomado en los vv. 23-24 y 32. Nos hace pensar al banquete en casa de Leví (Mt 9,10-13) o de Zaqueo (Lc 19,1-10), así como al capítulo precedente, que trataba precisamente sobre una fiesta, ofrecida a todos, y particularmente a los pobres (Lc 14).

Punto central de la parábola

  • Lc 15,11

Un hombre tenía dos hijos…: No se trata solamente del “Hijo Pródigo”, sino fundamentalmente de la relación entre Padre e hijo. Estamos pues en el punto central, no solamente de la religión de los hombres con Dios, sino también de la relación de Jesús con su Padre. Así, la definición de esa relación, que el Padre del hijo pródigo dará al hijo mayor, es la definición misma de la vida divina, trinitaria: “… tu siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo” (v. 31). Es decir, unidad en el ser, de donde se deriva una perfecta comunicación de todo el tener familiar. Es exactamente lo que dice san Juan: “En el principio el Verbo estaba junto a Dios (1,1)… Creedme, yo estoy en el Padre y el Padre en mi (14,11)… Padre, todo lo mío es tuyo, y lo tuyo es mío (17,10)”.

Es pues Jesucristo en primer lugar el verdadero hijo mayor. Lejos de ceder a los celos, como aquel de la parábola, sale al encuentro de aquellos hijos-ovejas descarriados, para devolvernos el Espíritu filial y la herencia perdida, de manera que sea Él “el Primogénito entre muchos hermanos” (Rm 8,17-29). “…Para que todos sean uno. Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que también sean uno en nosotros… Que sean uno, como nosotros somos uno. Yo en ellos y tú en mí, para que sean perfectamente uno” (Jn 17,21-23). Estamos pues al centro del Evangelio, del Reino, de la Iglesia, del Misterio de la perfecta comunión eterna de los santos en la santa Trinidad.

Partida del hijo menor

  • Lc 15,11-12

Y dijo…: Aquí la conjunción “y” en griego anuncia que esta tercera parábola es a la vez prolongación y contraparte de las dos primeras –la oveja y la dracma perdidas–. Pero este primer versículo de la parábola es capital porque indica el núcleo de la cuestión: que no es en primer término el “hijo pródigo”, el cual no toma la iniciativa que a partir del v. 12, sino “el hombre y sus dos hijos”. La iniciativa es pues del Padre, como en las dos parábolas precedentes, donde la iniciativa era respectivamente del Pastor y del ama de casa.

El error primordial del hijo pequeño es de no haber tomado consciencia de su privilegio, de ser parte de la familia de ese Padre, rechazando incluso ese ser por el tener, única cosa que le interesa. El que el Padre no se oponga a la decisión de su hijo menor, aceptando repartir la herencia y dejando que se marche, revela con qué amor ama éste Padre: no sólo un amor de don total –le da todo lo que le pertenecía en herencia (v. 13.14)–, sino también un amor que nos deja libres, para escoger el tipo de relación que decidamos tener con el Padre: sea de un adiós decidido por el tener, sea de una vida a su lado.

  • Lc 15,13 || Gn 4,9.12.16

Caín juega el rol del hijo mayor, teniendo celos de su hermano. Pero, todos los pecadores se parecen en el hecho de que todos se alejan, precisamente a causa del pecado (cf. v. 17 y 18).

Poco tiempo después…: El tiempo de gastar todo lo que tenía en su haber. Si él lo había reclamado, era para tomar no su libertad, pues en casa de su Padre era libre aunque lo ignorase, sino más bien una autonomía descontrolada lejos de su Padre, como Adán:

“No es por casualidad que Jesús, en la parábola del hijo pródigo que es una explicación del pecado original, lo presente pidiendo a su Padre: ‘Padre, dame la parte de la herencia que me corresponde’, es decir, dame la creación, pero la creación sin ti, para que yo la utilice y me beneficie de ella por mi mismo y para mi mismo, lejos de ti… El drama del pecado reside en la palabra ‘parte’; porque Dios quería darle todo, pero en la comunión, en la herencia compartida, no en el sentido de cortar por partes, sino de gustar juntos. El Padre quería poder decir al hijo pródigo lo mismo que dirá al hijo mayor: ‘Hijo, tú siempre estás conmigo'”
(J. M. Garrigues, Dieu sans idée du mal, p. 25 y 56).

… se marchó a un país lejano: Traducción espacial del alejamiento del pecado, y del empobrecimiento que resulta de él:

“Cuando el pecador se aleja de Dios, Hijo mío,
En la medida que él se aleja, en la medida que se hunde en los países perdidos,
En la medida que él se pierde
Él tira al borde del camino, en los espinos y en las piedras
Como inútiles y encumbrantes y molestos los bienes más preciosos
Los bienes más sagrados…”

(Péguy, Pléiade, p. 624-625).

… malgastó su hacienda: El hijo mayor hablará de “prostitutas” en el v. 30, pero su despecho hace la acusación sospechosa de agrandar lo que en el v. 13 es designado con un adverbio de prodigalidad. Las traducciones de la Biblia de Jerusalén “viviendo como un libertino”, o de la TOB “vida de desorden”, fuerzan un poco el sentido. El título tradicional de la parábola es en ese punto más exacto: “llevando una vida de pródigo”. En el sentido de aquel que pidiendo su libertad, malgasta su herencia.

  • || Pr 29,3; Si 9,3-4,6; Lc 11,23

La sabiduría bíblica nos pone en guardia contra esta vía de disipación: imagen de la “prostitución” más esencial que es abandonar la Alianza con Dios para buscar el agua que sacia nuestra sed en cisternas agrietadas (Jr 2,5.13.18). Por el contrario, podríamos citar los consejos del anciano Tobit a su hijo, para un viaje que no sea de alejamiento y ruptura, mas enriquecedor y reparador (Tb 4). Dada la significación general de la parábola, que puede aplicarse a todo hombre, podemos poner el comienzo de la misma en paralelo con la sentencia de Lc 11,23, “el que no está conmigo está contra mí; el que no recoge conmigo, desparrama”.

  • Lc 15,14-16

Como al momento del pecado original y de todo pecado, resultado inverso de lo que se poseía: en lugar de la abundancia, la hambruna; en lugar de la libertad, la dependencia de un trabajo por lo demás degradante (por el contacto con los cerdos, animales impuros: Lv 11,7; Dt 14,8), y que no le aporta siquiera el alimento básico; en lugar de la vida familiar, la soledad.

“¿Acaso nos es difícil ver precisamente en eso el espíritu de la rebelión moderna contra Dios y contra la Ley de Dios? ¿El abandono de todo lo que hasta ahora era el fundamento básico, así como la búsqueda de una libertad sin límites? La palabra griega usada en la parábola para designar la herencia derrochada significa en el lenguaje de los filósofos griegos “sustancia”, naturaleza. El hijo perdido desperdicia su “naturaleza”, se desperdicia a sí mismo.

El hombre que entiende la libertad como puro arbitrio, el simple hacer lo que quiere e ir donde se le antoja, vive en la mentira, pues por su propia naturaleza forma parte de una reciprocidad, su libertad es una libertad que debe compartir con los otros; su misma esencia lleva consigo disciplina y normas; identificarse íntimamente con ellas, eso sería libertad. Así, una falsa autonomía conduce a la esclavitud: la historia, entretanto, nos lo ha demostrado de sobra. Para los judíos, el cerdo es un animal impuro; ser cuidador de cerdos es, por tanto, la expresión de la máxima alienación y el mayor empobrecimiento del hombre. El que era totalmente libre se convierte en un esclavo miserable”
(Benedicto XVI, Jesús de Nazareth I).

En cuanto al deseo llenar su vientre con las algarrobas podemos equipararlo al deseo de los alimentos terrestres, que no sacian, en contraposición al Pan de Vida con el que Cristo alimenta a sus discípulos (Jn 6,27).

El retorno

  • Lc 15,17-19 || Ba 2,30-35

Israel retornó de la “prostitución” de los cultos idólatras y del Exilio con una fidelidad mucho más fuerte, cuyos efectos se prolongaron hasta los círculos farisaicos a los que Jesucristo responde aquí. Si ahora los fariseos juegan el papel del hijo mayor, aunque sus ancestros hayan gustado la misericordia divina, del mismo modo, cada uno de nosotros, según la ocasión, podría actuar como el hijo pródigo o bien como el hijo mayor.

Ciertos exegetas tienden a minimizar al arrepentimiento del hijo pródigo, señalando el lado interesado (especialmente en el v. 17). Reacción ella misma excesiva con respecto a la exaltación habitual de esta contrición. Pero en su concisión, la parábola hace justamente un cuadro equilibrado teológicamente, del cual es importante señalar sus tres componentes:

1) entrando en sí mismo (que desgraciadamente la BJ traduce: “se puso a reflexionar y pensó…”)

“Cada vez que somos sacados fuera de nosotros mismos por nuestras preocupaciones, seguimos siendo nosotros, pero no estamos más con nosotros mismos, porque nos perdemos de vista, errando en otro lugar. Diremos que él estaba consigo mismo, ese hijo pródigo que se marchó a un país lejano…
¿Qué dice la Escritura? Que “volviendo a sí mismo” [decide volver a la casa del padre]. Si él hubiese habitado consigo mismo, de dónde sería el retornado a sí mismo?
… Hay dos maneras por las que podemos ser conducidos fuera de nosotros mismos: o bien caemos más bajo que nosotros mismos por la falta de una preocupación excesiva, o bien somos elevados por encima de nosotros mismos por la gracia de la contemplación. Ese desdichado que se encuentra apacentando puercos cayó por debajo de sí mismo debido a un error de su espíritu. El apóstol Pedro, por el contrario, al que un ángel liberó, en éxtasis, estuvo sin duda fuera de sí, pero por encima de sí mismo. El uno y el otro volvieron a sí mismos: el primero se buscó y quiso reparar el error de su acción; el segundo bajó de las cimas de la contemplación a lo que era antes en su inteligencia ordinaria”.

(San Gregorio Magno, Diálogos II,3 [PL 66,136-138]).

“El pecado nos aleja de nosotros mismos en la medida en que éste nos divide contra nosotros mismos” (San Agustín, Confesiones, V,II,2), en busca de una diversión falaz (Pascal), desviándonos de nuestra verdadera vocación y de nuestra verdadera identidad. Estando extrovertidos y dispersos, ¿como podremos alcanzar a Dios que se encuentra no solamente delante de nosotros, sino también en nosotros? La primerísima actitud del examen de conciencia, que solemos olvidar, es la de re-cogerse, para reencontrar nuestra alma profunda y la Verdad de Dios:

“Muchos hombres no comprometen jamás su ser, su sinceridad profunda. Viven a la superficie de sí mismos, y el suelo humano es tan rico que esta delgada capa superficial es suficiente para una escasa cosecha, que da la ilusión de un verdadero destino… ¡Cuántos hombres no tendrán jamás la mínima idea del heroísmo sobrenatural, sin el cual no hay vida interior! Y es justamente sobre ésta vida interior que seremos juzgados…”
(Bernanos, Journal de un curé de campagne, Pléiade, p. 1115).

2) los jornaleros tienen pan en abundancia… yo aquí muero de hambre
Es cierto que éste primer motivo es interesado: realismo del Evangelio. Pero aparece ya la mención del padre: “En casa de mi padre…”

3) Me levantaré – me pondré en camino (BJ) (v. 18 || Pr 20,11; Is 55,7; Jr 3,12-13; Sal 51).
Sursum corda! (¡Levantemos el corazón!). Es la esperanza que comienza a aparecer.

Iré… Es el retorno de la conversión-penitencia.
Le diré… Es el propósito de Confesión, la cual es reconocimiento no solamente de la culpa personal (“he pecado”), sino también de la herida causada a “ti”, sea Dios (“el cielo”) o bien todo “hombre” (cf. || Sal 51,6 y Jr 3,13). Así, el egoísmo es superado. De modo que la atrición (detestar y lamentar el pecado por el mal que nos hace) se convierte en contrición (destentar y lamentar el pecado por el mal que hace a la persona amada).

No soy digno de ser llamado hijo tuyo: El nombre es el ser. Trátame como a uno de tus jornaleros: significa permanecer aún en un tipo de relación mercenario entre el tener (salario, alimento), sin llegar a imaginar un restablecimiento total de la relación padre-hijo, que vienen del ser. Al menos, lo esencial es que el pródigo tiene la suficiente confianza en su padre para presentarse ante él, a pesar su indignidad.

  • Lc 15,20-21 || 2 Sa 18,5-7; 19,1; Tb 11,5-19; Is 49,14-15; 54,8; Sal 51,3-14

Desde ahora todo subraya la gratuidad del amor del padre. Y si, amenazado por la rebelión de su hijo Absalón, David se muestra sólo preocupado por salvarlo (2 Sa 18,12.32), cuanto más apasionadamente Dios busca nuestra salvación y que nos reconciliemos con Él.

Estando él todavía lejos, lo vio su padre: Al retorno de Tobías, es la madre que espera en esta actitud: Dios nos quiere como una madre a su hijo (|| Is 49). El nos ama siempre (porque es Eterno), y su perdón no depende del valor de nuestra contribución-confesión, ni de nuestros eventuales méritos (v. 29), sino únicamente de su Fidelidad, que es indestructible. Es ese el fundamento de nuestra esperanza.

Conmovido, lleno de compasión: La palabra griega hace referencia a las entrañas misericordia divina, ya mencionadas en el Benedictus (Lc 1,78) y en el || Is 63,9, modelo de la compasión cristiana (Col 3,12). (cf. Mc 1,41 y || Is 54,8).

…corrió: Como la madre de Tobías. La dignidad de la búsqueda cede a la solicitud del amor.

se echó a su cuello: previniendo la postración normal del pródigo arrepentido, el padre no toma ni siquiera el tiempo de perdonar: ya está perdonado. Sólo falta la unión del amor. Pero es tanto más notable que en seguida, el Evangelio deja al arrepentido hacer lo que es justo en su “confesión” (v. 21), interrumpiéndolo justo en el momento en que él va a formular su deseo insuficiente de ser tratado como uno de sus jornaleros: porque Dios va más allá de nuestras esperanzas.

  • Lc 15,22-23 || Za 3,4-5; Gn 18,1.6-8

Daos prisa…: Una vez más, la solicitud del amor, como podemos ver también en el paralelo de Abraham recibiendo a Dios.

traed el primer traje…: este pasaje es traducido habitualmente como “el mejor vestido-traje”. Pero algunos exegetas señalan que puede referirse al vestido que Adán y Eva recibieron del Señor luego del pecado original (Gn 3,21).

La historia de Israel, no menos que sus profetas nos da muchos ejemplos de esas “vestiduras” simbólicas de nobleza: desde José honrado por el Faraón (Gn 41,42) hasta Mardoqueo (Est 6,8-9), y desde Isaías 61,10 (|| Lc 1,47) hasta Zacarías 3,4-5.

el anillo: Dado igualmente a José y a Mardoqueo. Este lleva el sello que otorga la autoridad del mismo soberano (cf. Est 3,10-13; 8,2). Pero más aún, es la marca distintiva de los elegidos: Ez 9,4; cf. Jn 6,27-29).

los pies calzados con sandalias: el hijo reconciliado será vestido como un hombre libre, en oposición al esclavo. Calzado… nos hace pensar a la cena de la primera Pascua (Ex 12,11). Vemos pues como cada detalle refiere a un retorno en gracia, transformando el ser mismo del hijo arrepentido, para restablecer la Alianza, que sellará, como siempre, el banquete sacrificial (“matad el ternero cebado” || Gn 18,7):

“Pienso a ese padre que espera a su hijo pródigo, que lo acoge con alegría cuando la miseria se lo devuelve arrepentido: él mata el ternero cebado… hace una fiesta… ¿Por qué? Su hijo perdido y hallado le es más querido, porque lo ha reencontrado. Pero, ese padre, ¿quién es? Es Dios. Un padre más Padre que Dios no lo hay; uno más tierno, no lo hay. Tu pues, que eres su hijo, sabe que si lo dejas luego de haberte adoptado, aunque regreses desnudo, él te acogerá: se alegrará de verte regresar…”
(Tertuliano, De Paenitentia, c. 8 [PL 1,1242-43]).

  • Lc 15,25-28 || Gn 27,30-36; Ga 4,29

Segunda parte de la parábola, que habla ahora del hijo mayor. La actitud de este servirá también para demostrar cual es la verdadera filiación.

La situación puede leerse en paralelo con la de Esaú y Jacob: aquí y allí el hijo menor adelanta al mayor: mientras que el pródigo entra en la casa, el hermano mayor está fuera. Y cuando éste no quiere entrar a su manera, actúa como el hijo menor: he aquí que se encuentra también él excluido de la vida familiar.

Su padre salió…: Es la parábola de la oveja numero cien. El padre deja al hijo que viene de reconciliar, para salir al encuentro del recalcitrante: Dios nos ama a todos (v. 1), y todos estamos invitados al banquete. Si buenos y malos son invitados a entrar es que la invitación no es reservada a aquellos que la habrían merecido: es un Don de Dios, procedente de su amor, totalmente gratuito y universal. Ninguno es excluido a priori, porque ninguno es malvado de naturaleza: “Todo lo que Dios hizo era bueno” (Gn 1,10.32). Toda maldad viene del pecado del hombre, comenzando por la falta de Adán. Y a pesar de ello, él sigue siendo invitado, amado de Dios (cf. Mt 22,8-10; Lc 14,21-23).

El hijo mayor

  • Lc 15,28-30 || Ga 4,29; Lc 15,2; cf. Ez 18,27-30

Las quejas del hijo mayor no son una caricatura. Es cierto que él ha sido fiel desde “hace muchos años” y que el pródigo puede parecer injustamente preferido:

Jamás dejé de cumplir una orden tuya…: Ese vocabulario típicamente religioso conviene especialmente a la fidelidad a la Ley, que hace honor a los fariseos. Los interlocutores de Cristo se reconocen en ella y comprenden en que sentido la parábola responde a sus murmuraciones (v. 2). Su mérito es pues innegable. Su error sería solamente el pensar que Dios se conduce como nosotros, cuando todo viene de su Amor, que permanece cualquiera que sea nuestra conducta.

Ese hijo tuyo…: Como el fariseo hace con el publicano en Lc 18,11, el hijo mayor señala al pródigo; y para mejor indicar la distancia, dice: “tu hijo”. El padre de los dos restablecerá la verdad diciendo: “tu hermano” (v. 32).

…que ha devorado: La acusación es demasiado real como para que el hijo mayor no se sienta en su pleno derecho. Nunca me has dado un cabrito… el ternero cebado: así como una oveja perdida vale más que 99 justas. El hijo mayor tiene razón, desde el punto de vista de la retribución, eso no es justo (Ez 18). Sólo que, es razonar como un mercenario, si se juzga sólo por el salario como los obreros de la primera hora contra aquellos de la undécima (cf. Mt 20, 1-16). El hijo mayor tampoco se ha dado todavía cuenta de lo que significa ser hijo.

“Y he aquí que aparece el hermano mayor. Regresa a casa tras el trabajo en el campo, oye la fiesta en la casa, se entera del motivo y se enoja. Simplemente, no considera justo que a ese haragán, que ha malgastado con prostitutas toda su fortuna -el patrimonio del padre-, se le obsequie con una fiesta espléndida sin pasar antes por una prueba, sin un tiempo de penitencia. Esto se contrapone a su idea de la justicia: una vida de trabajo como la suya parece insignificante frente al sucio pasado del otro. La amargura lo invade: “En tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos” (Lc 15, 29). El padre trata también de complacerle y le habla con benevolencia. El hermano mayor no sabe de los avatares y andaduras más recónditos del otro, del camino que le llevó tan lejos, de su caída y de su reencuentro consigo mismo. Sólo ve la injusticia. Y ahí se demuestra que él, en silencio, también había soñado con una libertad sin límites, que había un rescoldo interior de amargura en su obediencia, y que no conoce la gracia que supone estar en casa, la auténtica libertad que tiene como hijo. “Hijo, tú estás siempre conmigo -le dice el padre-, y todo lo mío es tuyo” (Lc 15, 31). Con eso le explica la grandeza de ser hijo.”
(Benedicto XVI, Jesús de Nazareth I).

“La justicia es buena, es el fundamento de la existencia. Pero hay algo por encima de ella, se trata de la bondad de un corazón libre y abierto. La justicia es trasparente, pero un paso más y se hace fría. La bondad, por el contrario, a condición de ser auténtica, cordial, fruto del carácter, calienta y libera. La justicia pone orden, pero la bondad crea…
Mirémoslo más de cerca. ¿El reproche de la justicia no es hecho a la conversión misma? ¿El hombre anquilosado en la justicia aprueba en el fondo que el pecador se convierta? ¿No tiene el sentimiento de que convirtiéndose éste sale del orden establecido? ¿No será pues lo correcto que este individuo que ha faltado sea definitivamente encerrado en su falta y constreñido de cargar con sus consecuencias?… En verdad, mientras más se reflexiona más se da uno cuenta de que para el simple sentido de la justicia, la conversión es un escándalo. Pero esta justicia corre el riesgo de no ver que por encima de ella está el reino de la libertad y del amor creador, de la fuerza renovadora del corazón, y de la gracia. ¡Ay del hombre que sólo quiera vivir en la justicia! ¡Ay del mundo donde sólo reine la justicia!

(Romano Guardini, Le Seigneur I, p. 293-94).

El Padre y nuestra actitud hoy

  • Lc 15,31-32 ||Jn 17,1-10; Jon 4,9-11; Sal 73,21-26

La respuesta del padre viene en dos tiempos:

El pone en su sitio la verdad de las relaciones entre padre e hijo: estar-con, en la comunión de bienes.

Sobre la base de esta reconciliación, no menos necesaria del hijo mayor con su padre, como la del hijo menor, es propuesta la reconciliación complementaria con “tu hermano”, y la invitación a compartir la alegría radiante de Dios, leitmotiv de este capítulo, ofrecida no solamente al hijo mayor, sino a todos los familiares (v. 23-24), a los amigos y vecinos (v. 9), a los conciudadanos (|| Tb 11,18), incluso a los ángeles del cielo (v. 7 y 10). Porque lo que está en juego en este cuádruple drama de perdido-hallado (oveja, dracma, pródigo, hijo mayor), es revivir nuestra vocación sobre-natural de hijos de Dios, más allá de todas nuestras muertes: sea la del pecado pródigo, la de una religión del deber demasiado mercenaria, o de las purificaciones de la fe y de la esperanza (|| Sal 73). La alegría de Dios es salvarnos de todas esas perdiciones, porque Él nos ama, como el pastor a su oveja, el ama de casa a su dracma, y sobre todo el padre cada a uno de sus dos hijos. El AT había ya revelado esta forma de amar a Jonás a través de la parábola del ricino (|| Jon 4), y más generalmente por medio de toda la historia de Jonás.

¿El hijo mayor cederá a este llamado, entrará “en la casa” familiar ? La parábola no lo dice, porque son los fariseos del evangelio (Lc 15,1) como cada uno de nosotros, los que debemos responder a esta interpelación.
Algunos autores han hecho pertinentes aplicaciones de la parábola a la historia –cisma de Israel y de Judá, judeocristianos y paganos, católicos y protestantes en perspectiva de ecumenismo, incluso de formas de vivir la fe dentro de la misma Iglesia…– pero más aún generalmente a la condición del hombre, de entrada tentando por una ilusión de independencia en la que éste ha perdido su padre y su casa, su causa y su fin; si, por el valor pedagógico de la prueba hemos retornado, cuidado de no pasar de hijos pródigo a ser los hijos mayores de la parábola.
“La parábola se interrumpe aquí; nada nos dice de la reacción del hermano mayor. Tampoco podría hacerlo, pues en este punto la parábola pasa directamente a la situación real que tiene ante sus ojos: con estas palabras del padre, Jesús habla al corazón de los fariseos y de los letrados que murmuraban y se indignaban de su bondad con los pecadores (cf. Lc 15, 2)… La parábola no narra algo remoto, sino lo que ocurre aquí y ahora a través de El. Trata de conquistar el corazón de sus adversarios. Les pide entrar y participar en el júbilo de este momento de vuelta a casa y de reconciliación. Estas palabras permanecen en el Evangelio como una invitación implorante. Pablo recoge esta invitación cuando escribe: “En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios” (2Co 5, 20).
Así, la parábola se sitúa, por un lado, de un modo muy realista en el punto histórico en que Jesús la relata; pero al mismo tiempo va más allá de ese momento histórico, pues la invitación suplicante de Dios continúa. Pero, ¿a quién se dirige ahora? Los Padres, muy en general, han vinculado el tema de los dos hermanos con la relación entre judíos y paganos. No les ha resultado muy difícil ver en el hijo disoluto, alejado de Dios y de sí mismo, un reflejo del mundo del paganismo, al que Jesús abre las puertas a la comunión de Dios en la gracia y para el que celebra ahora la fiesta de su amor.
…Esta aplicación a los judíos no es injustificada si se la considera tal como la encontramos en el texto: como una delicada tentativa de Dios de persuadir a Israel, tentativa que está totalmente en las manos de Dios. Tengamos en cuenta que, ciertamente, el padre de la parábola no sólo no pone en duda la fidelidad del hijo mayor, sino que confirma expresamente su posición como hijo suyo: “Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo”. Sería más bien una interpretación errónea si se quisiera transformar esto en una condena de los judíos, algo de lo no se habla para nada en el texto.
…quedan todavía otras dimensiones. Las palabras de Jesús sobre el hermano mayor no aluden sólo a Israel (también los pecadores que se acercaban a El eran judíos), sino al peligro específico de los piadosos, de los que estaban limpios, “en regla”… Para ellos, Dios es sobre todo Ley; se ven en relación jurídica con Dios y, bajo este aspecto, a la par con Él. Pero Dios es algo más: han de convertirse del Dios-Ley al Dios más grande, al Dios del amor. Entonces no abandonarán su obediencia, pero ésta brotará de fuentes más profundas y será, por ello, mayor, más sincera y pura, pero sobre todo también más humilde.
Añadamos ahora otro punto de vista que ya hemos mencionado antes: en la amargura frente a la bondad de Dios se aprecia una amargura interior por la obediencia prestada que muestra los límites de esa sumisión: en su interior, también les habría gustado escapar hacia la gran libertad. Se aprecia una envidia solapada de lo que el otro se ha podido permitir. No han recorrido el camino que ha purificado al hermano menor y le ha hecho comprender lo que significa realmente la libertad, lo que significa ser hijo. Ven su libertad como una servidumbre y no están maduros para ser verdaderamente hijos. También ellos necesitan todavía un camino; pueden encontrarlo sencillamente si le dan la razón a Dios, si aceptan la fiesta de Dios como si fuera también la suya. Así, en la parábola, el Padre nos habla a través de Cristo a los que nos hemos quedado en casa, para que también nosotros nos convirtamos verdaderamente y estemos contentos de nuestra fe.”

(Benedicto XVI, Jesús de Nazareth I).

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