Mt 10, 1-7: Misión de los Doce

Texto Bíblico

1 Llamó a sus doce discípulos y les dio autoridad para expulsar espíritus inmundos y curar toda enfermedad y toda dolencia. 2 Estos son los nombres de los doce apóstoles: el primero, Simón, llamado Pedro, y Andrés, su hermano; Santiago, el de Zebedeo, y Juan, su hermano; 3 Felipe y Bartolomé, Tomás y Mateo el publicano; Santiago el de Alfeo, y Tadeo; 4 Simón el de Caná, y Judas Iscariote, el que lo entregó. 5 A estos doce los envió Jesús con estas instrucciones:
«No vayáis a tierra de paganos ni entréis en las ciudades de Samaría, 6 sino id a las ovejas descarriadas de Israel. 7 Id y proclamad que ha llegado el reino de los cielos.

Sagrada Biblia, Versión oficial de la Conferencia Episcopal Española (2012)


Homilías, comentarios, meditaciones desde la Tradición de la Iglesia

San Ambrosio, obispo

Comentario al evangelio de Lucas

V, 44-45

«Y Judas Iscariote, el mismo que lo entregó»

«Jesús llamó a sus discípulos y escogió a doce» para enviarlos, sembradores de la fe, a propagar la ayuda y la salvación de los hombre en el mundo entero. Fijaos en este plan divino: no son ni sabios, ni ricos, ni nobles, sino pecadores y publicanos los que escogió para enviarlos, de manera que nadie pudiera pensar que habían sido arrastrados con habilidad, rescatados por sus riquezas, atraídos a su gracia por el prestigio de poder o notoriedad. Lo hizo así para que la victoria fuera fruto de la legitimidad y no del prestigio de la palabra.

Escogió al mismo Judas, no por inadvertencia sino con conocimiento de causa. ¡Qué grandeza la de esta verdad que incluso un servidor enemigo no puede debilitar! ¡Qué rasgo de carácter el del Señor que prefiere que, a nuestros ojos quede mal su juicio antes que su amor! Cargó con la debilidad humana hasta el punto que ni tan sólo rechazó este aspecto de la debilidad humana. Quiso el abandono, quiso la traición, quiso ser entregado por uno de sus apóstoles para que tú, si un compañero te abandona, si un compañero te traiciona, tomes con calma este error de juicio y la dilapidación de tu bondad.

Isaac de la Stella, monje

Sermón 35 (trad.cf SC 202, p.259)

Enviado a las ovejas perdidas Cristo vino a buscar a la única oveja que se había perdido (Mt 18,12). Es por ella que el Buen Pastor, cuya venida desde siempre había sido prometida, ahora ha sido enviado en el tiempo; es para ella que ha nacido y ha sido entregado. Ella es única, sacada de los judíos y de las naciones, sacada de todas las naciones; única en el misterio, múltiple en las personas, múltiple por el cuerpo según la naturaleza, única por el Espíritu según la gracia; en resumen, una sola oveja y una multitud innumerable. Es por eso que el que vino a buscar a la única oveja ha sido enviado «a las ovejas perdidas de la casa de Israel» (Mt 15,24)… Ahora bien, lo que el Pastor reconoce como suyo «nadie puede arrancárselo de su mano» (Jn 10, 28). Porque no se puede forzar el poder, engañar la sabiduría, destruir la caridad.

Así es como habla él con toda seguridad: «De los que me has dado, Padre, ninguno se ha perdido» (Jn 17,22). Ha sido enviado como verdad para los engañados, como sabiduría para los que eran insensatos, como remedio para los enfermos, como rescate para los cautivos, y como alimento para los que morían de hambre. Su persona es para todos, por ello se puede decir que ha sido enviado «a las ovejas perdidas de la casa de Israel», para que no estén perdidas para siempre.

San Juan Pablo II, papa

nn. 3-5

Catequesis, Audiencia general (20-04-1988): La misión de Cristo: Predicar la Buena Nueva a los pobres

3. Desde el comienzo de la actividad mesiánica, Jesús manifiesta, en primer lugar, su misión profética. Jesús anuncia el Evangelio. Él mismo dice que “ha venido” (del Padre) (cf. Mc 1, 38), que “ha sido enviado” para “anunciar la Buena Nueva del reino de Dios” (cf. Lc 4, 43).

A diferencia de su precursor Juan el Bautista, que enseñaba a orillas del Jordán, en un lugar desierto, a quienes iban allí desde distintas partes, Jesús sale al encuentro de aquellos a quienes Él debe anunciar la Buena Nueva. Se puede ver en este movimiento hacia la gente un reflejo del dinamismo propio del misterio mismo de la Encarnación: el ir de Dios hacia los hombres. Así, los Evangelistas nos dicen que Jesús “recorría toda Galilea, enseñando en sus sinagogas” (Mt 4, 23), y que “iba por ciudades y pueblos” (Lc 8, 1). De los textos evangélicos resulta que la predicación de Jesús se desarrolló casi exclusivamente en el territorio de la Palestina, es decir, entre Galilea y Judea, con visitas también a Samaría (cf. p. ej., Jn 4, 3-4), paso obligado entre las dos regiones principales. Sin embargo, el Evangelio menciona además la “región de Tiro y Sidón”, o sea, Fenicia (cf. Mc 7, 31; Mt 15, 21), y también la Decápolis, es decir, “la región de los gerasenos”, a la otra orilla del lago de Galilea (cf. Mc 5, 1 y Mc 7, 31). Estas alusiones prueban que Jesús salía, a veces, fuera de los límites de Israel (en sentido étnico), a pesar de que Él subraya repetidamente que su misión se dirige principalmente “a la casa de Israel” (Mt 15, 24). Asimismo, cuando envía a los discípulos a una primera prueba de apostolado misionero, les recomienda explícitamente: “No toméis caminos de gentiles ni entréis en ciudad de samaritanos; dirigíos más bien a las ovejas perdidas de Israel” (Mt 10, 5-6). Sin embargo, al mismo tiempo, Él mantiene uno de los coloquios mesiánicos de mayor importancia en Samaría, junto al pozo de Siquem (cf. Jn 4, 1-26).

Además, los mismos Evangelistas testimonian también que las multitudes que seguían a Jesús estaban formadas por gente proveniente no sólo de Galilea, Judea y Jerusalén, sino también “de Idumea, del otro lado del Jordán, de los alrededores de Tiro y Sidón” (Mc 3, 7-8; cf. también Mt 4, 12-15).

4. Aunque Jesús afirma claramente que su misión está ligada a la “casa de Israel”, al mismo tiempo, da a entender, que la doctrina predicada por Él —la Buena Nueva— está destinada a todo el género humano. Así, por ejemplo, refiriéndose a la profesión de fe del centurión romano, Jesús preanuncia: “Y os digo que vendrán muchos de Oriente y Occidente y se pondrán a la mesa con Abraham, Isaac y Jacob en el reino de los cielos…” (Mt 8, 11). Pero, sólo después de la resurrección, ordena a los Apóstoles: “Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes” (Mt 28, 19).

5. ¿Cuál es el contenido esencial de la enseñanza de Jesús? Se puede responder con una palabra: el Evangelio, es decir, Buena Nueva. En efecto, Jesús comienza su predicación con estas palabras: “El tiempo se ha cumplido y el reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva” (Mc 1, 15).

El término mismo “Buena Nueva” indica el carácter fundamental del mensaje de Cristo. Dios desea responder al deseo de bien y felicidad, profundamente enraizado en el hombre. Se puede decir que el Evangelio, que es esta respuesta divina, posee un carácter “optimista”. Sin embargo, no se trata de un optimismo puramente temporal, un eudemonismo superficial; no es un anuncio del “paraíso en la tierra”. La “Buena Nueva” de Cristo plantea a quien la oye exigencias esenciales de naturaleza moral; indica la necesidad de renuncias y sacrificios; está relacionada, en definitiva, con el misterio redentor de la cruz. Efectivamente, en el centro de la “Buena Nueva” está el programa de las bienaventuranzas (cf. Mt 5, 3-11), que precisa de la manera más completa la clase de felicidad que Cristo ha venido a anunciar y revelar a la humanidad, peregrina todavía en la tierra hacia sus destinos definitivos y eternos. Él dice: “Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos”. Cada una de las ocho bienaventuranzas tiene una estructura parecida a ésta. Con el mismo espíritu, Jesús llama “bienaventurado” al criado, cuyo amo “lo encuentre en vela —es decir, activo—, a su regreso” (cf. Lc 12, 37). Aquí se puede vislumbrar también la perspectiva escatológica y eterna de la felicidad revelada y anunciada por el Evangelio.

Redemptoris Missio: La primera forma de evangelización es el testimonio

n. 42

42. El hombre contemporáneo cree más a los testigos que a los maestros; cree más en la experiencia que en la doctrina, en la vida y los hechos que en las teorías. El testimonio de vida cristiana es la primera e insustituible forma de la misión: Cristo, de cuya misión somos continuadores, es el « Testigo » por excelencia (Ap 1, 5; 3, 14) y el modelo del testimonio cristiano. El Espíritu Santo acompaña el camino de la Iglesia y la asocia al testimonio que él da de Cristo (cf. Jn 15, 26-27).

La primera forma de testimonio es la vida misma del misionero, la de la familia cristiana y de la comunidad eclesial, que hace visible un nuevo modo de comportarse. El misionero que, aun con todos los límites y defectos humanos, vive con sencillez según el modelo de Cristo, es un signo de Dios y de las realidades trascendentales. Pero todos en la Iglesia, esforzándose por imitar al divino Maestro, pueden y deben dar este testimonio, que en muchos casos es el único modo posible de ser misioneros.

El testimonio evangélico, al que el mundo es más sensible, es el de la atención a las personas y el de la caridad para con los pobres y los pequeños, con los que sufren. La gratuidad de esta actitud y de estas acciones, que contrastan profundamente con el egoísmo presente en el hombre, hace surgir unas preguntas precisas que orientan hacia Dios y el Evangelio. Incluso el trabajar por la paz, la justicia, los derechos del hombre, la promoción humana, es un testimonio del Evangelio, si es un signo de atención a las personas y está ordenado al desarrollo integral del hombre.

Benedicto XVI, papa

Catequesis, Audiencia general (15-03-2006): La voluntad de Jesús sobre la Iglesia y la elección de los Doce

nn. 5-10

5. Aunque su predicación es siempre una exhortación a la conversión personal, en realidad él tiende continuamente a la constitución del pueblo de Dios, que ha venido a reunir, purificar y salvar. Por eso, resulta unilateral y carente de fundamento la interpretación individualista, propuesta por la teología liberal, del anuncio que Cristo hace del Reino. En el año 1900, el gran teólogo liberal Adolf von Harnack la resume así en sus lecciones sobre La esencia del cristianismo: “El reino de Dios viene, porque viene a cada uno de los hombres, tiene acceso a su alma, y ellos lo acogen. Ciertamente, el reino de Dios es el señorío de Dios, pero es el señorío del Dios santo en cada corazón” (Tercera lección, p. 100 s). En realidad, este individualismo de la teología liberal es una acentuación típicamente moderna: desde la perspectiva de la tradición bíblica y en el horizonte del judaísmo, en el que se sitúa la obra de Jesús aunque con toda su novedad, resulta evidente que toda la misión del Hijo encarnado tiene una finalidad comunitaria: él ha venido precisamente para unir a la humanidad dispersa, ha venido para congregar, para unir al pueblo de Dios.

6. Un signo evidente de la intención del Nazareno de reunir a la comunidad de la Alianza, para manifestar en ella el cumplimiento de las promesas hechas a los Padres, que hablan siempre de convocación, unificación, unidad, es la institución de los Doce. Hemos escuchado el Evangelio sobre esta institución de los Doce. Leo una vez más su parte central: “Subió al monte y llamó a los que él quiso, y vinieron donde él. Instituyó Doce, para que estuvieran con él, y para enviarlos a predicar con poder de expulsar los demonios. Instituyó a los Doce…” (Mc 3, 13-16; cf. Mt 10, 1-4; Lc 6, 12-16). En el lugar de la revelación, “el monte”, Jesús, con una iniciativa que manifiesta absoluta conciencia y determinación, constituye a los Doce para que sean con él testigos y anunciadores del acontecimiento del reino de Dios.

7. Sobre la historicidad de esta llamada no existen dudas, no sólo en virtud de la antigüedad y de la multiplicidad de los testimonios, sino también por el simple motivo de que allí aparece el nombre de Judas, el apóstol traidor, a pesar de las dificultades que esta presencia podía crear a la comunidad naciente. El número Doce, que remite evidentemente a las doce tribus de Israel, ya revela el significado de acción profético-simbólica implícito en la nueva iniciativa de refundar el pueblo santo.
Superado desde hacía tiempo el sistema de las doce tribus, la esperanza de Israel anhelaba su reconstitución como signo de la llegada del tiempo escatológico (pensemos en la conclusión del libro de Ezequiel: 37, 15-19; 39, 23-29; 40-48). Al elegir a los Doce, para introducirlos en una comunión de vida consigo y hacerles partícipes de su misión de anunciar el Reino con palabras y obras (cf. Mc 6, 7-13; Mt 10, 5-8; Lc 9, 1-6; 6, 13), Jesús quiere manifestar que ha llegado el tiempo definitivo en el que se constituye de nuevo el pueblo de Dios, el pueblo de las doce tribus, que se transforma ahora en un pueblo universal, su Iglesia.

8. Con su misma existencia los Doce —procedentes de diferentes orígenes— son un llamamiento a todo Israel para que se convierta y se deje reunir en la nueva Alianza, cumplimiento pleno y perfecto de la antigua. El hecho de haberles encomendado en la última Cena, antes de su Pasión, la misión de celebrar su memorial, muestra cómo Jesús quería transmitir a toda la comunidad en la persona de sus jefes el mandato de ser, en la historia, signo e instrumento de la reunión escatológica iniciada en él. En cierto sentido podemos decir que precisamente la última Cena es el acto de la fundación de la Iglesia, porque él se da a sí mismo y crea así una nueva comunidad, una comunidad unida en la comunión con él mismo.

9. Desde esta perspectiva, se comprende que el Resucitado les confiera —con la efusión del Espíritu— el poder de perdonar los pecados (cf. Jn 20, 23). Los doce Apóstoles son así el signo más evidente de la voluntad de Jesús respecto a la existencia y la misión de su Iglesia, la garantía de que entre Cristo y la Iglesia no existe ninguna contraposición: son inseparables, a pesar de los pecados de los hombres que componen la Iglesia. Por tanto, es del todo incompatible con la intención de Cristo un eslogan que estuvo de moda hace algunos años: “Jesús sí, Iglesia no”. Este Jesús individualista elegido es un Jesús de fantasía. No podemos tener a Jesús prescindiendo de la realidad que él ha creado y en la cual se comunica.

10. Entre el Hijo de Dios encarnado y su Iglesia existe una profunda, inseparable y misteriosa continuidad, en virtud de la cual Cristo está presente hoy en su pueblo. Es siempre contemporáneo nuestro, es siempre contemporáneo en la Iglesia construida sobre el fundamento de los Apóstoles, está vivo en la sucesión de los Apóstoles. Y esta presencia suya en la comunidad, en la que él mismo se da siempre a nosotros, es motivo de nuestra alegría. Sí, Cristo está con nosotros, el Reino de Dios viene.

Homilía (15-06-2008)

Visita Pastoral a Santa María de Leuca y Brindisi
Misa en el Muelle de San Apolinar en el Puerto de Brindisi
Domingo 15 de junio de 2008. nn. 8.10-13

8. El pasaje evangélico de hoy nos presenta un momento decisivo de esa revelación. Cuando Jesús llamó a los Doce, quería referirse simbólicamente a las tribus de Israel, que se remontan a los doce hijos de Jacob. Por eso, al poner en el centro de su nueva comunidad a los Doce, dio a entender que vino a cumplir el plan del Padre celestial, aunque solamente en Pentecostés aparecerá el rostro nuevo de la Iglesia:  cuando los Doce, “llenos del Espíritu Santo” (Hch 2, 3-4), proclamarán el Evangelio hablando en todas las lenguas. Entonces se manifestará la Iglesia universal, reunida en un solo Cuerpo, cuya Cabeza es Cristo resucitado, y al mismo tiempo enviada por él a todas las naciones, hasta los últimos confines de la tierra (cf. Mt 28, 20).

10. Como hemos escuchado, a los Doce “les dio autoridad para expulsar espíritus inmundos y curar toda enfermedad y dolencia” (Mt 10, 1). Los Doce deberán cooperar con Jesús en la instauración del reino de Dios, es decir, en su señorío benéfico, portador de vida, y de vida en abundancia, para la humanidad entera. En definitiva, la Iglesia, como Cristo y juntamente con él, está llamada y ha sido enviada a instaurar el Reino de vida y a destruir el dominio de la muerte, para que triunfe en el mundo la vida de Dios, para que triunfe Dios, que es Amor.

11. Esta obra de Cristo siempre es silenciosa; no es espectacular. Precisamente en la humildad de ser Iglesia, de vivir cada día el Evangelio, crece el gran árbol de la vida verdadera. Con estos inicios humildes, el Señor nos anima para que, también en la humildad de la Iglesia de hoy, en la pobreza de nuestra vida cristiana, podamos ver su presencia y tener así la valentía de salir a su encuentro y de hacer presente en esta tierra su amor, que es una fuerza de paz y de vida verdadera.

12. Así pues, el plan de Dios consiste en difundir en la humanidad y en todo el cosmos su amor, fuente de vida. No es un proceso espectacular; es un proceso humilde, pero que entraña la verdadera fuerza del futuro y de la historia. Por consiguiente, es un proyecto que el Señor quiere realizar respetando nuestra libertad, porque el amor, por su propia naturaleza, no se puede imponer. Por tanto, la Iglesia es, en Cristo, el espacio de acogida y de mediación del amor de Dios. Desde esta perspectiva se ve claramente cómo la santidad y el carácter misionero de la Iglesia constituyen dos caras de la misma medalla:  sólo en cuanto santa, es decir, en cuanto llena del amor divino, la Iglesia puede cumplir su misión; y precisamente en función de esa tarea Dios la eligió y santificó como su propiedad personal.

13. Por tanto, nuestro primer deber, precisamente para sanar a este mundo, es ser santos, conformes a Dios. De este modo obra en nosotros una fuerza santificadora y transformadora que actúa también sobre los demás, sobre la historia. En el binomio “santidad-misión” —la santidad siempre es fuerza que transforma a los demás— se está centrando vuestra comunidad eclesial, queridos hermanos y hermanas, durante este tiempo del Sínodo diocesano.

14. Al respecto, es útil tener presente que los doce Apóstoles no eran hombres perfectos, elegidos por su vida moral y religiosa irreprensible. Ciertamente, eran creyentes, llenos de entusiasmo y de celo, pero al mismo tiempo estaban marcados por sus límites humanos, a veces incluso graves. Así pues, Jesús no los llamó por ser ya santos, completos, perfectos, sino para que lo fueran, para que se transformaran a fin de transformar así la historia. Lo mismo sucede con nosotros y con todos los cristianos.


Comentarios exegéticos

Autores Varios: Comentarios a la Biblia Litúrgica (NT): Misión de los discípulos

Paulinas-PPC-Regina-Verbo Divino (1990), pp. 987-989

La sección que comentamos comienza hablando de los doce discípulos como si se tratase de algo perfectamente conocido y que no necesita ninguna aclaración, aunque, en realidad, no han sido mencionados hasta ahora en el evangelio. Pero la Iglesia a la que se dirige Mateo conocía perfectamente esta institución de los Doce; por eso se hace innecesaria toda explicación. La intención de Mateo al presentar a los Doce resulta bien clara teniendo en cuenta su mentalidad y tendencias. Ha presentado ya, en repetidas ocasiones, a Jesús como el nuevo Moisés. Un nuevo Moisés que funda un nuevo pueblo de Dios. Ahora bien, el antiguo pueblo de Dios constaba de doce tribus; el nuevo pueblo de Dios tiene las mismas características de universalidad que se hallan simbolizadas en el número doce. Jesús, nuevo Moisés, funda el nuevo pueblo de Dios, la Iglesia. 

En la lista de los Doce —aparte del lugar privilegiado de Pedro, nombrado siempre el primero y en Mateo con mayor énfasis que en los otros Sinópticos— hay nombres en los que unánimemente coincide la tradición, como en Santiago, Juan, Andrés, Judas el traidor… En otros encontramos variantes incluso en el nombre. Esto quiere decir que, en su mayoría, los apóstoles no fueron personalidades tan destacadas que su nombre llegase a hacerse célebre en todas las Iglesias, que habían nacido ya cuando nuestro evangelio fue puesto por escrito, más allá de las fronteras judías. En su mayoría desarrollaron su actividad en Jerusalén o en el país judío. Posteriormente nacería la leyenda para llenar esta laguna. Lo importante de los Doce, lo que la Iglesia acentuó desde primera hora, es que Jesús la había fundado sobre aquellos doce a los que él llamó apóstoles, es decir, enviados especiales para una misión bien concreta. 

El encargo de misión se resume en la continuación de la obra de Jesús: les da sus mismos poderes y les encarga que prediquen el evangelio: proximidad-presencia del Reino. La imagen que Mateo nos ofrece aquí de estos apóstoles es la correspondiente a la del maestro en relación con los discípulos. 

Esta sección nos ofrece una de las afirmaciones más escandalosas del evangelio de Mateo: “no toméis el camino de los gentiles…” ¿Cómo es posible, sobre todo en un evangelio tan dominado por el universalismo de la salud —desde la narración de los Magos hasta el mandamiento de “id por el mundo entero…” (28,18)— que haya quedado este rasgo de particularismo rabioso y precisamente en labios de Jesús? Las explicaciones han sido muchas y, tal vez por eso, ninguna haya sido satisfactoria. La limitación a la casa de Israel tuvo lugar durante el ministerio terreno de Jesús; después de la resurrección se romperían las fronteras. Sería una explicación. Otra iría en la línea siguiente: la misión a los gentiles era mucho más fácil; el evangelio había encontrado entre ellos una actitud de abertura, mientras que en el mundo judío era de rechazo. Era necesario, por tanto, insistir en la urgencia de evangelización a los judíos que, por razones de dificultad, eran abandonados. Una tercera explicación que exponemos con modestia, precisamente por ser nuestra, explicaría la frase del modo siguiente: a) en la primitiva Iglesia hubo dos tendencias, una particularista —que insistía en los privilegios judíos— y otra universalista —que propugnaba el destino universal y absoluto del evangelio; b) la tendencia particularista debía estar justificada por las palabras de Jesús; en consecuencia, c) esta tendencia inventó estas palabras y las puso en labios de Jesús. Mateo, como buen cronista, lo encontró en la tradición y lo transmitió tal y como a él le había llegado. ¿Es válida esta tercera explicación? 

Bastin-Pinckers-Teheux, Dios cada día: Servidores de la Palabra

Siguiendo el Leccionario Ferial (4). Semanas X-XXI T.O. Evangelio de Mateo.
Sal Terrae (1990), pp. 91-92

Génesis 41 55-57;42,5-7a.17-24a

¡José está al fin en presencia de sus hermanos! Cuánto camino recorrido desde el día en que el joven fue vendido por sus hermanos mayores, celosos de la predilección que su padre sentía por él… José, que reúne en su persona todas las cualidades exigibles para ocupar un puesto privilegiado en las cortes de Egipto y de Jerusalén, ha llegado a ser Gran Visir; tiene poder sobre las reservas de trigo, que él recomienda almacenar en los años de abundancia para poder hacer frente a los años de escasez. 

Lo que preocupa ahora a José es saber si sus hermanos han cambiado. Los somete a una prueba: deberán volver a Palestina para buscar a Benjamín, el hermano menor, hijo de Jacob y Raquel, pero él retendrá prisionero a Simeón. De este modo los hermanos se encontrarán en la misma situación que antaño, cuando, altivamente, habían vuelto a presencia de su padre después de haberse desembarazado de José. Pero, si bien antes su corazón estuvo lleno de odio, ahora está cargado de angustia y remordimientos. Han cambiado, pues, y José podrá congratularse con ellos de este cambio. Como antaño, la voz de Rubén se deja oír; es la voz de la conciencia, la que salía en defensa de José. 

Salmo 32

¿Era de esperar un himno para esta ocasión? Es el salmo 32, que canta por adelantado la alegría por la feliz conclusión de la historia de José y sus hermanos. 

Mateo 10, 1-7

“Rogad, pues, al dueño de la mies que envíe obreros a su mies”. Jesús aparece aquí como un pastor lleno de solicitud que quiere reunir las ovejas dispersas durante tanto tiempo. Se precisan ayudantes que, a su vez, ejerzan también con la autoridad del amo. Sin embargo, Jesús se va solo “a enseñar y a proclamar el mensaje en los pueblos de la región ” (11,1). Los discípulos, al contrario de lo que relatan Marcos y Lucas, no saldrán hasta después de la resurrección. 

Entretanto, ¿quiénes son estos discípulos llamados aquí, por primera y única vez, los “doce apóstoles”? Son los “Doce”, es decir, los que encarnan la conciencia que los cristianos tuvieron enseguida de ser el Israel auténtico. En este mismo sentido se puede comprender la extraña consigna de Jesús de que no vayan a regiones de paganos, ni entren en los pueblos de Samaría, sino que vayan más bien “a las ovejas perdidas de la casa de Israel”. Ha habido sin duda una progresión en el pensamiento de Jesús, y de la Iglesia, en lo concerniente a la misión, pero la recomendación parece dirigirse especialmente a un Israel escatológico, es decir, a la Iglesia. Las “ovejas perdidas de la casa de Israel” se referirían en este caso a todos aquellos que han rechazado el Reino. En cuanto a las “regiones de los paganos” y a “los pueblos de Samaría”, simbolizarían “un modo de ser y una manera de vivir juntos”, opuestos a Jesús. Se trataría, pues, en estas instrucciones de evitar todo comportamiento opuesto a Jesús y de ir hacia todos los que han rechazado el Reino. 

Llamó a doce y los envió en misión. Todo el dinamismo de la Alianza se encuentra resumido en dos palabras: llamar… enviar… La Iglesia, a través de los siglos,, estará motivada por este doble movimiento. “¡Proclamad que el Reino está próximo!” Como Iglesia de Dios, nos declaramos servidores de la palabra de gracia, al servicio de la Alianza. Jesús ha consagrado toda su vida a este servicio; sus palabras y sus actos no tenían otra finalidad que la de crear entre los hombres lazos tan fraternales que el Espíritu pudiera consagrarlos y hacer así nacer el Reino. Servir a la Alianza es renovar entre los hombres los lazos que la vida deshace incansablemente. Los excluidos son reintegrados en la comunión; los pecadores son rescatados, y el perdón puede cimentar un nuevo cuerpo; los extranjeros mismos tienen su parte en la heredad familiar y pertenecen en adelante a la Casa de Dios. 

Jesús se entregó hasta el final, hasta reunir todo en El en torno a la cruz, a este servicio de la Alianza. Hoy elige a doce discípulos y funda la nueva Israel. La Palabra se ha cumplido y la Alianza ha sido sellada. A través de los tiempos, la Iglesia será para el mundo el sacramento del cumplimiento de la promesa: la prenda de la Alianza entre Dios y los hombres. 

Dios de paz,
tu Espíritu nos revela tu proyecto;
¡quieres establecer con los hombres una nueva Alianza!
Concédenos la gracia de preparar los caminos del Reino;
¡envíanos como pregoneros de tu promesa!

Adolfo M. Castaño Fonseca, Evangelio de Marcos. Evangelio de Mateo: Misión y Testimonio

Biblioteca Bíblica Básica. Verbo Divino (2010), pp.339-341

Después de mencionar el sentimiento de compasión de Jesús por la gente (9,36-38), el EvMt presenta a los heraldos del Evangelio del Reino y las instrucciones que éstos reciben de su Maestro. Así, el llamado y envío de los «Doce» constituye una especie de respuesta a los males que aquejan al pueblo. La narración subraya la autorización otorgada por Jesús a sus elegidos y la confianza absoluta que ellos deben tener en aquel que los envió. La potestad para predicar y hacer milagros es expresión del poder del Señor presente en su comunidad. 

El envío de los discípulos se convierte en una especie de paradigma del envío permanente que recibe la comunidad mesiánica, investida de poder, pero también expuesta al rechazo; se trata de los mismos que, en su momento, el Resucitado enviará a todos los pueblos para que los conviertan a su vez en «discípulos» (cf. 28,19). 

El EvMt utiliza varias veces el término «discípulo» en el «discurso de la misión y del testimonio» (9,36–10,42). Enfatiza, además del envío a las ovejas perdidas de la Casa de Israel (10,6) y de los prodigios que pueden llevar a cabo en nombre de Cristo (10,8), la radicalidad en el seguimiento (10,9-10.37-39) y las pruebas y sufrimientos que deben enfrentar en el cumplimiento de su misión (10,11-36). 

Lo primero que se debe destacar es la frase inicial: 

Jesús llamó a sus doce discípulos y les dio poder para expulsar espíritus impuros, y para curar toda clase de enfermedades y toda dolencia (10,1). 

Aquí llama «discípulos» a los «doce», es decir, a los mismos que en el siguiente versículo, cuando mencione el nombre de cada uno, va a llamar «apóstoles» (de hecho el término «apóstol» sólo se encuentra en Mt 10,2). Mientras Lc 6,13 establece una distinción entre ambos –los discípulos constituirían una especie de grupo grande, de entre los cuales Jesús elige a sus «doce apóstoles»–, Mateo prefiere identificarlos, lo cual pone de manifiesto, entre otras cosas, el peso que de suyo tiene para él el término «discípulo». 

Por tanto, los discípulos en el EvMt no son sólo los que aprenden (sentido etimológico de mathetês), sino también los que son enviados con una misión (apóstolos). De este modo, podemos ver cómo discipulado y envío parecen bastante vinculados. Más aún, es posible afirmar que para este evangelista el peso y la riqueza que otorga al discípulo abarca también la característica de su envío, el «apostolado» propiamente tal. 

Una serie de dichos, originalmente independientes, pero con afinidad entre ellos, forman una sección importante del discurso (10,26-31). El rechazo que van a sufrir los discípulos de Jesús en vez de ser causa de desánimo debe motivar a una gran confianza en el Padre celestial, quien cuida con esmero de sus hijos. Esta confianza total incluye también la decisión valiente para confesar públicamente la fe. Las motivaciones del Maestro para que sus discípulos sean fuertes ante las hostilidades llegan a un grado demasiado alto, incluso insospechado. Ya no se trata sólo de resistir los embates de aquellos enemigos extraños, sino de aguantar incluso los que vienen desde el seno de la propia familia. La causa de la división estriba en profesar con decisión la fe en Jesús, algo que fue una realidad muy dura entre los primeros cristianos, pero que aún ahora puede tener lugar. Los sufrimientos son ilustrados con la imagen siempre elocuente de la cruz, en referencia directa a los sufrimientos del mismo Cristo (10,34-39). 

El discurso culmina con frases en las que Jesús avala de forma absoluta el trabajo misionero de sus enviados. La aceptación o el rechazo no son dirigidos sólo a éstos, sino que es en realidad a favor o en contra de quien los envía. La garantía que el mismo Jesús otorga es donde se funda la seguridad de los discípulos misioneros. 

Salvador Carrillo Alday, El evangelio según san Mateo

Verbo Divino (2010), pp. 150-152

Jesús llama a sus doce discípulos –cuya institución Mateo no narra, sino que supone– y los dota con poder sobre los demonios y las enfermedades. Los exorcismos y las curaciones se entrelazan y derivan del mismo poder. Para la Biblia, el dolor, el sufrimiento, la enfermedad y la muerte son consecuencia y signo del pecado y del dominio de Satanás (Gn 3,16-19); sanar las enfermedades es, por tanto, signo de la destrucción del reino del mal. 

Los doce discípulos (10,1) son ahora llamados los doce apóstoles (Lc 6,13). Al llamarlos “discípulos”, los une al gran número de los que seguían a Jesús; al llamarlos “apóstoles”, los distingue de todo el grupo. El número responde a las doce tribus de Israel y es símbolo de un nuevo Israel restaurado. 

La lista de los Doce nos ha llegado, con pequeños cambios en el orden de las personas, a través de cuatro fuentes (Mt 10,2-4; Mc 3,16-19; Lc 6,13-16; Hch 1,13). El primero en ser mencionado es siempre Simón Pedro (*). El penúltimo de la lista es llamado Simón el Cananeo (celoso), que pertenecía al grupo religioso de los zelotas, caracterizado por la vehemencia y rigidez de su integrismo religioso y su oposición violenta a la ocupación romana. El último es Judas, llamado el Iscariote por ser oriundo de Keriot, poblado del sur de Judea (Am 2,2), o por la palabra aramea “mentiroso”, apodo que se le dio después de traicionar a Jesús. 

(*) Sobre los diferentes catálogos de los Doce, cf. Biblia de Jerusalén: nota a Mt 10,2, y TOB, p. 69. 

Primeras instrucciones: 

  1. La primera misión debía evitar tierra de gentiles y samaritanos y dirigirse únicamente a los hijos de Israel. La expresión “ovejas perdidas” puede referirse a todo Israel, según Ez 34,2-6, o “al pueblo de la tierra” (am ha arets), que era la gente pobre, marginada y despreciada, por la que Jesús sentía especial inclinación, si bien no exclusiva.
  2. El mensaje central de los apóstoles debe ser el mismo de la predicación de Jesús: “el Reino de los Cielos está cerca”.

W. Trilling, El Nuevo Testamento y su Mensaje (Mt): Apóstoles y su misión

Herder (1980), Tomo I, pp. 218-221

Los doce apóstoles (10,1-4).

1 Y convocando a sus discípulos, les dio poder de arrojar espíritus impuros y de curar toda enfermedad y toda dolencia. 2 Los nombres de los doce apóstoles son éstos: El primero Simón, llamado Pedro, y su hermano Andrés; Santiago, el de Zebedeo, y su hermano Juan; 3 Felipe y Bartolomé; Tomás y Mateo, el publicano; Santiago, el de Alfeo, y Tadeo; 4 Simón, el cananeo, y Judas Iscariote, el que luego lo entregó. 

Los doce apóstoles aquí aparecen como un colegio, que ya está elegido y pertenece definitivamente a Jesús. San Mateo no ha relatado la elección 42. Jesús les da poder sobre los demonios y sobre todas las enfermedades. Más tarde se añade el encargo de predicar (10,7s). El evangelista emplea las mismas expresiones con que también describe el poder de Jesús (9,35), y así muestra que los apóstoles resultan enteramente iguales a él, deben ser su brazo extendido. L o s apóstoles actuarán como él y también confirmarán su palabra con milagros. 

Luego siguen los nombres de los doce apóstoles. De forma significativa, en primer lugar está Simón con el sobrenombre d e Pedro. Mucho m á s adelante leemos d e qué modo Simón adquirió este nombre (16,18). Aquí hay un catálogo o una lista oficial en la que tiene que estar este sobrenombre. 

Primeramente se mencionan los dos pares de hermanos, cuya vocación ya se ha descrito al principio, y que seguramente desde el tiempo más antiguo fueron considerados en la Iglesia como los primeros llamados (4,18-22). 

En el evangelio sólo de dos de los apóstoles nombrados a continuación llegamos a conocer pormenores: del publicano Mateo (Leví), que en su despacho de cobrador de impuestos fue llamado por Jesús para que le siguiera (9,9), y de Judas, el traidor. En el evangelio de san Juan se nos dan más informes de Felipe y Bartolomé y de Tomás . 

En total no es mucho lo que se nos cuenta. Se puede entender que la leyenda más tarde quisiera llenar las lagunas que nos dejaron los evangelistas. Éstos no quisieron satisfacer la curiosidad y el sentido piadoso, sino que con su escasez quisieron indicar siempre solamente a uno : a Jesús, el Mesías. Cada uno, incluso quien ha obtenido el cargo más elevado —el apóstol—, es y lo ha recibido todo solamente de él. 

Los nombres permiten sacar muchas conclusiones sobre la composición del grupo de los apóstoles. Hay nombres griegos junto a otros judíos; diferentes comarcas d e Palestina entran en consideración según la procedencia; sencillos pescadores están junto a un miembro del radical partido de los zelotas y discípulos de Juan el Bautista (Santiago y Juan). El grupo de que se rodea Jesús, parece haber sido abigarrado, los apóstoles no constituyen un séquito de discípulos aplicados y dóciles, pero tampoco son aduladores y serviles. A Jesús le ha sido difícil formar a los apóstoles y en apariencia ha logrado poco de ellos. 

Pero cuando realmente se habían convertido y el Espíritu Santo los había enardecido, entonces pasaron a ser testigos valerosos y dispuestos a morir, y columnas básicas sobre las que se levantó la Iglesia. 

Uno de los misterios más terribles de la historia es que Judas fuera uno de los apóstoles. Los límites entre el reino de Dios y el imperio de Satán están muy próximos. El traidor, que pertenecía al grupo más íntimo, se convierte en el instrumento del espíritu maligno. Jesús se ha entregado a estos hombres, a quienes distinguió con una misión tan excelsa, y se ha arriesgado a que uno de ellos le entregue a la muerte… 

Misión de los apóstoles (10,5-16). 

5 A estos doce los envió Jesús, dándoles estas instrucciones: No vayáis a tierra de gentiles, ni entréis en ciudad de samaritanos;  6 id más bien a las ovejas perdidas de la casa de Israel. 

Ahora Jesús envía a los apóstoles. Para la misión Jesús da una instrucción precisa: primero sobre el lugar, luego sobre el contenido. No deben ir ni al encuentro de los gentiles ni de los samaritanos (hostiles y considerados como medio paganos), sino solamente a los israelitas. Con esta prohibición no se determina que los gentiles o los samaritanos no deban tener parte alguna en el reino de Dios y en las bendiciones del tiempo mesiánico. Jesús sólo dispone el orden, el camino que debe tomar la salvación según decreto divino, que manda ir de los judíos a los gentiles. Así entendió Jesús su misión, y como se infiere de los Evangelios, se ha atenido estrictamente a esta manera de entender: «No he sido enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel» (15,24). Esta limitación puede haber resultado dura para Jesús. También esta obediencia forma parte de la abnegación del Hijo de Dios, mediante el cual estamos redimidos. 

En todo esfuerzo apostólico y pastoral se ha de tener en cuenta que no interesa la multitud de los trabajos, ni la extensión del recinto, sino hacer lo que es voluntad de Dios en el estrecho territorio determinado por él. 

En la misión posterior ya no puede aplicarse esta regla a los apóstoles, puesto que a los gentiles ya se les han abierto de par en par las puertas. Estas palabras de Jesús tienen que estar aquí para que cualquier judío vea que Dios primero ha ofrecido la salvación a Israel. El Mesías y sus mensajeros le han servido exclusivamente a él. Si ahora los gentiles han encontrado la fe que Israel recusaba (cf. 8,10-12), puede decirse, con fundamento, que los judíos no tienen excusa. 

7 Id y predicad que el reino de los cielos está cerca. 

Los apóstoles han de predicar lo mismo que Jesús predicaba: El reino de los cielos está cerca. Es el tiempo de la gran cosecha, de la donación única de Dios a su pueblo, es el tiempo de cumplir, por tanto el tiempo de la conversión y de la penitencia. El poder que han obtenido (10,1), también deben probarlo en la curación de enfermedades, incluso en la resurrección de muertos y en la expulsión de espíritus malignos, y así serán iguales a Jesús. 

Biblia Nácar-Colunga Comentada

La lista de los apóstoles 

Mt 10,1-4 – Mc 3,14-19 – Lc 6,13-16 – Act 1,13

Son cuatro las listas que de los apóstoles transmiten los libros del Ν. Τ.: los tres sinópticos y los Hechos de los Apóstoles. De estas cuatro listas, en dos, Mc-Lc, se da ex profeso el momento y el modo como los elige. En los Hechos se dan los nombres de once, ya que Judas está excluido; y Mt sólo cuenta, incidentalmente, el hecho de que había doce apóstoles, cuyos nombres da. Para la tradición pesó más el hecho y el oficio, que un orden de nomenclatura. Esta forma incidental de referir un hecho de importancia suprema es un buen índice de su misma autenticidad evangélica y su reconocimiento histórico de la tradición y catequesis primitiva. El mismo hecho de poner que “se los llamó” (π ροσ καλέσαμε νος), y darse después sus nombres, junto a la variedad de “llamamientos” con que aparecen en los evangelios, parece sugerir una colocación honorífíco-solemne de Mt aquí.

Las listas de los apóstoles aparecen a un mismo tiempo con fijeza y variedad de nombres.  [Son tradicionalmente 4 listas distintas.]

No deja de sorprender cómo estas cuatro listas de los apóstoles aparezcan estructuradas en tres grupos de cuatro apóstoles cada uno — las tres “cuadrigas,” como los llamaban los antiguos —, excepto en los Hechos de los Apóstoles, en los que se suprime el nombre de Judas Iscariote, ya que en dicho libro se narra a continuación la elección de San Matías para sustituirle; lo mismo que no deja de sorprender cómo el nombre del apóstol que encabeza cada una de estas “cuadrigas” es el mismo en las cuatro listas, mientras que en los grupos se cambia indistintamente el orden de los nombres, aunque no deja de haber coincidencias. ¿A qué se deben estas coincidencias y divergencias?

En la lista apostólica de Mt, todos los apóstoles aparecen en binas unidos por la conjunción y. Acaso indique las binas en que los envió a predicar, ya que, según Mc, fueron “de dos en dos” (Mc 6:7).

Pero lo que tiene una persistencia constante, indicando además intento e importancia especiales, es el que al comienzo de todas las listas, no sólo figura el nombre de Simón Pedro, sino que Mt añade además al hacer el relato de las listas de los apóstoles: “He aquí los nombres de los doce apóstoles: primero, Simón, llamado Pedro.” Esta expresión “primero” sería absolutamente innecesaria al principio de una lista de nombres sin que sigan otros ordinales para los siguientes componentes ‘. Hoy es admitido, incluso por críticos, que no se trata de una primacía de listas o de ancianidad.

Lucas dice que Cristo llamó a los Doce, “a los cuales dio el nombre de apóstoles” (Lc 6:13). El nombre de “apóstoles” no era desconocido en Israel. Su nombre era en hebreo shaluáh oshaliah, y en arameoshaluha’, es decir, “enviado.” El sumo sacerdote de Jerusalén se comunicaba con las comunidades judías de la ”Diáspora” mediante “enviados” (apóstoles), sea en forma de simples correos (Act 28:21), sea en forma de verdaderos delegados dotados de poderes (Act 7:12). Después de la ruina de Jerusalén, el patriarca judío de Jabne tenía sus “apóstoles,” correos, a los que confiaba cartas “circulares”.

Si el nombre era conocido, en cambio, el oficio que se les confiaba es totalmente nuevo y permanente. El “envío” que Dios hizo a Isaías (Is 6:8) y Jeremías (Jer 1:7-10) no tiene, en relación con el poder de los doce apóstoles, más que un valor puramente analógico. El Colegio Apostólico, que Cristo fundó, es único por su finalidad y sus poderes.

El número de doce es de abolengo bíblico. Alude al número de los doce patriarcas y de las doce tribus. Ellos iban a ser los jefes de las “tribus” del nuevo Israel que Cristo fundaba. Y tan sagrado e intencional fue este número de doce en el propósito de Cristo, que, después de la traición y muerte de Judas, Pedro se creyó en el deber de completarlo (Ac 1:15-17.21.22), recayendo la suerte sobre Matías (Act 1:23-26).

Los doce nombres de los apóstoles en su valor etimológico y con indicaciones bibliográfico-evangélicas son las siguientes:

Simón. — Su nombre en hebreo es Shim’on, nombre muy común y significa el que oye, el obediente. Cristo le puso por sobrenombre Pedro, en arameo Kepha’, piedra, roca. Los evangelistas recogen este nuevo nombre, que era el que tenía un excepcional sentido para ellos. Sólo aparecerá el solo nombre de Simón, en muy contados pasajes, que son, además, aquellos en los que Cristo se dirige, como era lógico, a Simón 5; a veces se cita Simón al referir, en estilo directo, las escenas de primera hora, máxime en Mc, que refleja la catequesis de Pedro y primitiva, o cuando supone un auditorio en el que el nombre usual de Pedro es Simón (Lc 24:34). En otros casos se usa el nombre de Simón Pedro, que si, por una parte, el primero es signo de identificación, el segundo lo es de simbolismo y dignidad. En el resto, lo más frecuente es llamarlo, sin más, Pedro. Es el reflejo del cambio de nombre que Cristo le hizo, y reflejo del uso que de él se fue haciendo en función y comprensión de la nueva dignidad. Este nuevo nombre de Pedro no prevaleció ya a partir de la elección definitiva al apostolado (Mc 3:16; 6:14), parece que en un principio Pedro continuó llamándose Simón (Mc 1:16.22.36; Lc 5:3-5.10).

En Juan, el anuncio del cambio del nombre de Simón en Pedro se le anuncia desde el primer encuentro con Cristo (Jn 1:42); pero el cambio del nombre se hace posteriormente (Mt 16:18); ni hay el menor inconveniente contra ello, porque en los sinópticos, en las listas de los apóstoles, al nombrar a Simón, añaden los tres: “llamado Pedro,” ya que esto no es más que un adelantamiento del momento histórico del cambio de nombre. Como lo es también en el relato de Jn.

Es interesante notar el intento especial que tenía Cristo al cambiar el nombre a Simón en función de su primacía. Precisamente por tener el cambio una vinculación fundamental con ese hecho histórico es por lo que pervivió el nombre cambiado. Mientras que Mc dice, al dar la lista de los apóstoles, que a Juan y Santiago “les puso por nombre Boanerges, que quiere decir hijos del trueno” (Mc 3:17), sin embargo, su nombre no tuvo transcendencia. Es ello una prueba del intento distinto que tuvo de cambiarle el nombre a Simón, lo mismo que la captación que de él tuvo la tradición.

El uso de sobrenombres es popular y usual en el ambiente palestino. Los cinco Macabeos tenían cada uno el suyo propio (1 Mac 2:2-5).

Pedro era galileo de Betsaida (Jn 1:44); hijo de Jonas (Mt) o de Juan (Jn); pescador (4:18; Mc 1:16); estando en Judea en la parte del Jordán donde el Bautista bautizaba, se dice que es traído a Cristo por su hermano Andrés (Jn 1:41.42); más tarde, estando echando las redes junto con su hermano Andrés, Cristo los llamó a seguirle (Mt 4:18.19; Mc 1:16.17); y aun siendo dueño de la barca y teniendo “socios” (Lc 5:3.10), lo dejó todo y le siguió (Mt 4:20; Mc 1:18). Más tarde, en el sermón de la Montaña, y es a lo que responde su nombre en estas listas, es cuando es llamado, como se dijo, al apostolado.

Andrés. — Su nombre es griego (Ανδρέας), y significa “viril.” Este nombre aparece hoy en los escritos talmúdicos bajo la forma de Andrai. Ni puede extrañar el que un judío tuviese un nombre griego. Andrés era de Betsaida (Jn 1:44), en Galilea, la cual estaba mixtificada y en contacto con los gentiles. Andrés era hermano de Simón Pedro (Mt 4:18; Mc 1:16; Jn 1:40); había sido “discípulo” del Bautista (Jn 1:40); como Pedro, era pescador en Galilea (Mt 4:18; Mc. 16). Andrés, por las indicaciones del Bautista, busca a Cristo (Jn 1:37-40); fue a donde se hospedaba en el Jordán, y pasó allí con El el resto del día (Jn 1:39); a su vuelta, dijo a Simón, su hermano, que había encontrado al Mesías (Jn 1:41), y “le condujo a Jesús” (Jn 1:42). Más tarde, estando juntos los dos echando las redes en el mar, Cristo pasó por allí, y los llamó para que le siguieran (Mt 4:18.19; Mc 1:16.17), y dejando todo, le siguieron (Mt 4:20; Mc 1:18).

Mt y Lc ponen el nombre de Andrés el segundo de la lista. La razón debe de ser lo que ellos mismos añaden después de dar su nombre: “Andrés, su hermano,” o porque fueron llamados al apostolado simultáneamente. En cambio, Mc, en la lista de los apóstoles, lo pone después del nombre de “Santiago, el hijo del Zebedeo, y de Juan, el hermano de Santiago.” Esto acaso se deba al prestigio e intimidad que tuvieron Juan y Santiago con el Señor; lo que acaso hubiese consagrado también su uso en la catequesis de la que procede Mc para este punto.

Santiago y Juan. — El primero, en su transcripción griega, es Jacobo (Ιάκωβος). Es hermano de San Juan. Se le llamaba ordinariamente Santiago el Mayor, para diferenciarlo de Santiago de Alfeo, también apóstol (Mc 15:40).

Juan, “hermano de Santiago” (Mt-Mc). Su nombre griego corresponde al hebreo Yehohanan, del que el griego traduce la forma apocopada, y significa “Yahvé fue benigno” o “Yahvé hizo gracia.”

Como su hermano Santiago el Mayor, debieron de ser oriundos de Betsaida (Jn 1:44, comp. con Mt 1:16-20). Son hijos de Zebedeo y Salomé (Mc 15:40, comp. con Mt 27:56 y Jn 19:25).

Juan fue primero discípulo del Bautista (Jn 1:35-40). Luego sigue al Señor de Judea a Galilea, y allí es testigo, con los otros apóstoles, del milagro de Cana (Jn 2:1-11).

Se dedicaba con su hermano a las faenas de la pesca (Mt 4:21; Mc 1:19). Pasando un día Cristo junto al lago de Genesaret, los vio, llamó a ambos, y, dejando todo, le siguieron (Mt 4:21.22; Mc 1:19.20).

Cristo mismo les puso por sobrenombre ”Boanerges.” Mc, que es el único que recoge esta noticia, al mismo tiempo traduce su significado: “Es decir, hijos del trueno.” Corresponde al hebreo bene regesh, es decir, conforme al uso hebreo de expresar la dependencia por el nombre ben: “hijos tonantes”. Generalmente se admite que con este sobrenombre se trata de caracterizar el temperamento y celo ardiente de ambos apóstoles, como lo manifiestan en su vida (Mc 3:17); pero también algunos Padres lo interpretaron de su ardiente predicación, o por la teología de San Juan. Así, Orígenes habla del “trueno místico” 7. De ambas cosas se acusan índices en los episodios de su vida relatados en los evangelios. Sin embargo, no se ve bien a qué expresión hebrea o aramea pueda corresponder esta transcripción griega que da Mc. También se propone el bene regez= “hijos de ira.” No se dio aún una explicación satisfactoria del cambio vocálico al principio de palabra (cf. R. Bardy, R. Se. Reí. [1925] p. 166-7; [1928] p.344).

Felipe. — Con su nombre empieza en las cuatro listas el segundo grupo de apóstoles. Su nombre es griego, pero es conocido en hebreo talmúdico, con diversos matices. Su nombre griego, como el de Andrés, se explica bien por ser Felipe de Betsaida (Jn 1:44; 12:21), en Galilea. Felipe es traído a Cristo por Andrés (Jn 1:43). Y, luego de venir a Cristo, se transforma en un celoso propagandista de Cristo-Mesías, catequizando para la causa a Natanael (Jn 1:45.46.49). Ya siendo apóstol, es citado más veces en los evangelios (Jn 6:5-7; 12:21.22; 14:8.9).

Bartolomé. — La forma griega de su nombre corresponde al arameo bartholmai, “hijo de Talmai.” Este nombre — Talmai — es conocido en la literatura bíblica como nombre de un rey (2 Sam 3:3). Josefo lo transcribe por “Tholomaios”. A este tipo responde la versión griega de Bartolomé, que transcriben los evangelios.

Hoy es generalmente admitido por los autores que Bartolomé es la misma persona que Natanael (Jn l:45ss). Aunque esta identificación no la registra la antigüedad, la propuso Ruperto Tuitiense (+ 1129), y sobre todo se hizo más usual después del siglo XVI. Las razones para esta identificación son las siguientes:

1) Los sinópticos nunca hablan de Natanael; en las listas de los apóstoles, sólo figura Bartolomé; en cambio, Juan nunca cita a Bartolomé, sino a Natanael, tanto entre las vocaciones “apostólicas” de primera hora (Jn 1:35-51) como al final, cuando Cristo después de resucitado se aparece junto al Lago (Jn 21:1.2).

2) En las vocaciones “apostólicas” de primera hora figuran: Andrés, Simón Pedro, Felipe y Natanael, al cual trae Felipe a Cristo como al Mesías, y Cristo hace un excepcional elogio de él (Jn 1:35-51). No se ve motivo para excluir del apostolado a Natanael, que figura en la primera línea “vocacional” con Andrés, Pedro y Felipe, y a la misma “hora” que éstos, y del que, aparte de Pedro, se hace además un elogio excepcional.

3) En las tres listas de los sinópticos figuran juntos Felipe y Bartolomé, acaso debido a que el primero trae a Bartolomé a Cristo Mesías. Y esta misma unión se ve en la narración de Juan, en la que Felipe aparece en unión de Natanael (Jn 1:45-49) .

Por otra parte, de sobra es sabido el posible uso de dos nombres entre los judíos. Aquí habría una persona con dos nombres: uno el personal, Natanael, y otro el patronímico, Bartolomé, o sea, “el hijo de Tolmai,” como también se habla de Juan y Santiago el Mayor sin citar sus nombres, diciendo sin más: “Se acercó (a Cristo) la madre de los hijos del Zebedeo” (Mt 20:20).

Tomás. — Es nombre arameo. Juan mismo da tres veces la traducción griega de él: “Dídimo” (Jn 11:16; 20:24; 21:2). Es un sobrenombre significando “dos veces,” “gemelo.” Corresponde a la raíz hebrea te’om, duplicar, y al arameo te’oma, duplicado, gemelo, mellizo, y del cual el nombre evangélico no es más que una transcripción griega del nombre arameo.

De los pocos datos evangélicos se acusa su decisión generosa (Jn 11:16) y su franqueza un poco ingenua (Jn 14:5).

Mateo. — Las cuatro listas ponen a este apóstol por su nombre de Mateo. Es nombre arameo. Responde a Mathai. Procede de la raíz nathan, dar, y la abreviatura de Yahweh, y significa “don o gracia de Yahvé.”

Algún autor pretende derivar su etimología del hebreo ‘emeth, fiel. Citan la forma Amittai, el Fiel (Jon 1:1), que habría perdido el alef inicial. Significaría su nombre: “fidelidad de Yahvé.” Pero esta etimología parece mucho menos probable.

Mateo es uno de los apóstoles que tienen dos nombres. De la contraposición de los tres relatos de la vocación de Mateo se ve que Mateo es la misma persona que Leví (Mt 9:9; Mc 2:13; Lc 5:27). El uso de dos nombres hebreos es bien conocido (1 Mac 2:2-5). Así, en los Hechos (4:36) se cita a José Bernabé. Josefo dice que Caifas era sobrenombre añadido al suyo de José.

Mateo se llama a sí mismo en la lista de los apóstoles con el nombre de “Mateo el publicano.” Era hijo de Alfeo (Mc 2:14). Llamado por el Señor, dejó todo por seguirle (Mt 9:9, par.). Como publicano, debía de ser hombre de buena posición económica.

Aunque en la antigüedad Heracleón, secuaz del gnóstico Valentín, hacía personas distintas a Mateo y Leví 12, hipótesis que también admitió Clemente Alejandrino 13, Orígenes 14 y algún moderno, los relatos evangélicos hacen ver que la “vocación” de Leví y Mateo son la misma escena. Por lo que parece se impone la identificación de personajes con duplicidad de nombre.

Santiago. — Las cuatro listas apostólicas lo diferencian de Santiago el hijo del Zebedeo, diciendo de él que es “hijo de Alfeo.” Pero Mc lo llama explícitamente en otro pasaje “Santiago el Menor” (Mc 15:40).

Era hijo de Alfeo y de María (Mt 27:56), y debe de ser el hermano de José, Simón y Judas (Mt 13:55).

Es tema discutido si este Santiago el Menor es la misma persona a quien San Pablo pone como una de las “columnas de la iglesia” de Jerusalén, junto con Pedro y Juan (Gal 2:9), y que en la primitiva Iglesia se le llamaba “el hermano (pariente) del Señor” (Gal 1:19), y que fue primer obispo de Jerusalén (Act 15:13).

También es tema discutido si este Alfeo de quien es hijo Santiago es la misma persona que Cleopás o Cleofás (Jn 19:25).

Lo niega, v.gr., Dalman , lo dificulta Lagrange, facilita la identificación Strack-Billerbeck.

Tadeo. — Sólo citan este nombre las listas de Mt y Mc. Pero, como los apóstoles que Cristo eligió son doce, este apóstol aparece también con dos nombres en las listas apostólicas. Como en las cuatro listas coinciden los nombres de todos los apóstoles excepto éste, se sigue, por exclusión, que el Tadeo de Mt y Mc es la misma persona que citan Lc y los Hechos con el nombre de “Judas de Santiago” (Lc 6:16; Act 1:13). Los evangelistas no podían ignorar los nombres de los apóstoles.

Algunos manuscritos de Mt (10:3), de los cuales el más importante es el códice Beza, en lugar de Tadeo ponen Lebbeo. El nombre de Tadeo se une con la raíz aramea taddaya, tadde, que significa seno, pecho. Por eso, su significado aquí debe de ser, fundamentalmente, “amado” o “esforzado.”

A esto lleva el otro nombre o sobrenombre con que aparece en mucho códices y muchos testimonios de la antigüedad, pues Lebbeo corresponde al hebreo libbai, que procede de la raíz leb, “corazón.” A no ser que este nombre fuese toponímico de Lebba, pequeña aldea de Galilea.

En cambio, algunos autores sostienen que se trata de una deformación del griego Theudas, que a su vez sería abreviación de theodoros. En este caso, tendría un sobrenombre griego y otro sobrenombre arameo, aparte de su nombre propio. De aquí que en la antigüedad se le llamase el apóstol “de los tres nombres” (trínomos). Acaso Mt-Mc lo citan con este nombre para evitar confusiones, de no poner apelativo, con el traidor.

Su nombre verdadero era Judas, que para diferenciarlo se le llamaba “Judas de Santiago.” Normalmente se había de suplir la elipsis así: “Judas (hijo) de Santiago”; pero también puede en ocasiones indicar otra relación. Tal sería: “Judas (hermano) de Santiago,” por referencia a Santiago el Menor, obispo de Jerusalén, y tan conocido, que acaso se quería consignar quién fuese este Judas haciéndolo por referencia a su hermano (Mt 13:55; Mc 6:3). Esto mismo sugiere lo que se lee en la epístola de Judas: “Judas, siervo de Jesucristo y hermano de Santiago” (Jds 1).

Simón el Cananeo. — El nombre de Simón era muy frecuente. Se le distingue de Pedro por el apelativo del Cananeo, χαναναΐος.

Algunos pensaron que se le llamaba así por ser oriundo de Cana de Galilea. Pero, aparte de otras razones, debería dar filológicamente un nombre distinto del que trae el texto.

El verdadero sentido aquí de “cananeo,” que no tiene nada que ver con el país de los cananeos, lo dan en los lugares paralelos Lc y Act. Pues al nombrar a Simón lo califican “el Zelotes” (el llamado ζηλωτήν). Zelotes era el calificativo de los que componían el partido “nacionalista” exaltado que llevó a Israel a la catástrofe del 70. Precisamente “canannaios” es la forma grecizada de la palabra aramea qannai o qaríana, que significa celante, zelotes. El calificativo que se da a Simón no lleva por necesidad técnica el recordarle como antiguo miembro del partido sedicioso y fanático de los zelotes. Si hubiese pertenecido a él, siendo nota desfavorable, posiblemente no se hubiese conservado este apelativo. Pero con él podía también denominarse un carácter apasionado. Podía haber sido un “celoso” cumplidor de la Ley. Es la palabra que usa San Pablo para decir esto de sí mismo (Gal 1:14). Acaso con este calificativo se quiera primeramente destacar una nota psicológica que se había encarnado en su celo por el cumplimiento de la Ley.

Judas Iscariote. — Excepto la lista de los Hechos, que suprime este nombre, los tres sinópticos, a! dar en último lugar el nombre de Judas, le ponen, como otras veces se dice en los evangelios, el epíteto de “el que le entregó.” Era a un tiempo un estigma, y aquí sobre todo un elemento diferencial del otro “Judas de Santiago” (Lc).

A Judas, el traidor, se le califica como “Judas Iscariote.” Pero Juan da más completo su nombre en el texto griego: “Judas (hijo) de Simón Iscariote” (Jn 6:71). Iscariot puede ser traducción griega del hebreo ish qerioth, que significa “hombre de Qerioth.” En el Talmud se leen abundantes expresiones análogas indicando el lugar de origen; v.gr., “Judas de Kefar-Akko” por “Judas el hombre de Kefar-Akko,” etc. El apelativo toponímico era a la vez patronímico, como se ve por Juan (6:7), que hace ver que era también el apelativo del padre de Judas. Se conocen localidades con este nombre, sea en la tribu de Judá (Jos 15:25), sea en el país de Moab (Jer 48:24).

Aunque el nombre de Qerioth es hebreo, y se habla en arameo, se ha explicado bien cómo en los medios judíos se conservaban nombres hebreos en medio de textos arameos.

Recientemente se ha insistido en interpretar este nombre no como patronímico o toponímico, sino como sinónimo de “hipócrita” o “traidor”; estigma con que pasaría a la tradición. También se ha propuesto que Iscariote sea una transcripción semítica del latín sicanus (συ αρίτης, cambiado en Ισκαριώτης) equivalente a zelotes, que eran los opositores fanáticos a la dominación romana 23; o en habitante de Jericó = corrupción de (Cullmann).

Instrucción y poder dados a los apóstoles

El resto del capítulo 10 de Mt es todo él un discurso “apostólico.” Atiende a la instrucción de los apóstoles. Sin embargo, se nota una diferencia muy acusada entre dos secciones del mismo; en la primera (v.5-16) se dirige a los apóstoles para la misión que van a tener en Israel; la segunda (v. 17-42), aun dirigido a los apóstoles, al menos en el contexto de Mt, tiene un horizonte más amplio: mira a un apostolado fuera de Palestina. Además, sentencias incluidas en este discurso pertenecen a otros contextos (Lc 10:4-12).

Mc y Lc traen también esta misión palestina de los apóstoles, con las instrucciones que Cristo les da, aunque en forma más sintética que Mt; pero se ve que son las mismas. Se acusa, pues, la sustancia histórica de esta instrucción de Cristo.

Sobre el momento histórico en que tiene lugar esta misión no es fácil saberlo. Los tres sinópticos lo ponen en momentos distintos.

Acaso el orden de Mc sea el que responde más al momento histórico de esta misión de los apóstoles. El de Mt es un procedimiento lógico.

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